CAPÍTULOS ANTERIORES


 PRÓLOGO

No soy el autor de las páginas que siguen. En el Organismo Estatal para el que trabajo se decretó la limpieza de los archivos y mi jefe, siempre más propenso a obedecer que a pensar, las había condenado a la hoguera. Yo no tengo vocación de “sabueso mecánico” de “Farenheit 451” por lo que, con una dosis de pena y más aún, de curiosidad, decidí llevarme el manuscrito a mi casa para leerlo.

Las “Memorias del maestro Vicente Duflós” (como catalogaron al manuscrito antes de archivarlo para que siguiera tan enterrado como lo encontraron), me sacaron por unas horas del tedio de la cuarentena, y eso ya es mérito suficiente para copiarlas y publicarlas, a fin de que  cumplan, al menos una función recreativa en algún otro lector insomne.

En los relatos de la supuesta vida de este supuesto personaje, el lector puede encontrar cierta verosimilitud con el pasado patagónico, aunque dudo que halle una prueba irrefutable de su veracidad (empezando por la identidad del supuesto autor). Dependerá entonces de cada lector, ver el vaso de la verdad medio lleno o medio vacío.

¡Salud!.

Dedicado a quienes

hicieron historia

pero no tuvieron 

la precaución de escribirla.

A.L.

MEMORIAS DEL MAESTRO VICENTE DUFLÓS

1. INTRODUCCIÓN

¿Cómo me había convertido de maestro de escuela en Caballero del Temple?. Miro  hacia atrás en la memoria y los recuerdos  se me borronean… Me siento como un insecto que ha atravesado por varias metamorfosis… ¿Cómo empezó todo?... Tal vez todo tuvo origen en algún detalle cotidiano imperceptible… Sólo recuerdo que quería volar...

La vida suele invitarnos a migrar, de vez en cuando, y nos pone, entonces, en esa disyuntiva dramática de aferrarnos a lo seguro conocido o de seguir nuestro instinto en busca de tierras más promisorias… Yo opté por la docencia ante la alternativa de los obrajes de la tierra natal y así me embarqué un día al destino incierto de la Patagonia, dejando atrás sólo la comodidad de lo malo conocido… 

Después todo se fue dando como una reacción en cadena: la carta al Consejo Nacional de Educación manifestando mi disposición de trabajar donde me manden, la lacónica respuesta confirmando mi destino, el fugaz paso por Buenos Aires para conformar papeles y recibir instrucciones, donde pude percibir cierta compasión en la mirada y la diligencia de un par de empleados...

Remontar los recuerdos es como mirar el horizonte interminable de la meseta que me rodea… entrecierro los ojos para ver más claro si aquello es un monte estoico sobreviviendo al viento y la sed… o una piedra afilada por los milenios… o la estampa encorvada de algún hijo de la tierra tan sobreviviente como los montes, tan endurecido como las piedras…Empecé a descubrir que la vida es corta pero el mundo es ancho, y que la convivencia profunda con el territorio me había hecho experimentar la vida de monte, de piedra, de nativo y de tantos seres que pisaron este suelo, y, aún, de las fantasías que habitaron sus mentes y salieron a la luz en los fogones...

El tren me arrimó hasta donde pudo, más o menos, a mitad de camino; la verde y pródiga pampa fue palideciendo lentamente en la ventanilla del vagón que se fue quedando vacío y al llegar a destino sólo tenía la compañía del humo del carbón que me impregnaba y de las tablas de mi asiento de tercera tatuadas en mis carnes escasas… 

Y llegamos a la última estación, donde los rieles parecían haberse dado por vencidos ante la inmensidad patagónica… Sobraban los dedos de la mano para contar el caserío (incluyendo el galpón de chapas del ferrocarril)… Presentí que no era allí donde reclamaban mis servicios, pero no sospechaba entonces que,  en esa inmensidad que aparenta ser tan vacía, encontraría voces atentas y solidarias que me ayudaron a llegar a destino después de varias semanas de cabalgata… Creo que dudé en bajar o quedarme allí hasta que el tren arrancara nuevamente y me devolviera a Buenos Aires...

2. RAMOS GENERALES

El boliche de “Ramos Generales” era uno de los pocos edificios que acompañaban a la estación Fuerte Argenta, punta de rieles. Tan opaco y compungido como los demás ranchos aunque animado por las voces desafiantes de quienes jugaban al truco en una mesa del rincón y quienes tiraban los dados en una punta del mostrador. Me apoyé por el centro del rústico mueble y pedí una caña.

-Soy maestro –dije. Falta mucho para la Patagonia?

El Vasco ni levantó los ojos del vaso que me estaba sirviendo, pero noté que un par de parroquianos a mi alrededor hicieron más silencio que de costumbre, un silencio dirigido directamente sobre mí, un silencio que no supe si era de respeto o compasión…

-Ya está en la Patagonia don –me respondió con calma quien tenía al lado- pero eso no es mucho decir –agregó como para disculparse- adónde quiere llegar?

-Al Paso de las Martinetas –respondí entre avergonzado e intimidado porque empecé a entrever que mi camino apenas comenzaba.

-Eso está lejos, como todo por acá… Pero no se preocupe que despacito se llega…

Me quedé en silencio esperando algún dato más, repasando la mezquina exposición de mercadería en las estanterías que se erguían detrás del Vasco o clavando la vista en el cristal ambarino del vaso donde la caña me esperaba para consolar mi soledad… Sentía como, a mis espaldas, el sol que entraba por la pequeña ventana del boliche me iba despidiendo opacado por el humo del fogón y en medio del vaho de olor a oveja, caballo y alcohol… Temí que el sol se estuviera despidiendo para siempre…

-Máistro!, pase por la cocina a churrasquear algo y después se tira en un catre de  la pieza del fondo –me dijo el Vasco en el momento que me estaba costando sujetar las lágrimas, con una voz que más que una invitación parecía una orden.

Lo miré como para excusarme, pero ya se había puesto de perfil como para no aceptar ni un agradecimiento… Por el movimiento de su mentón al hablarme deduje que debía internarme por la pequeña puerta contigua a la punta del mostrador donde los dados no cesaban de rodar y así lo hice cargando el balijón que era una de las pocas cosas cortadas en ángulo recto que se podía observar en el lugar.

La cocina tenía una mesa tan amplia como el mostrador y se notaba que estaba acostumbrada a recibir varios comensales diarios. A cada lado unas banquetas largas, hechas también de madera sinuosa que el uso cotidiano se había encargado de suavizar.

Doña Urbelinda era a la cocina lo que el Vasco al boliche: ama y esclava. Sus rasgos, en cambio, no eran extranjeros, sino bien nativos: tenía unos ojos que contaban los dolores padecidos que su boca nunca confesarían.

-Güena noche muchacho, asiéntese nomás, ya le sirvo… Me dijo de espaldas cuando notó mi entrada. Me ubiqué en la punta más alejada… 

- ¿La ayudo en algo doña?

- Güeno, por qué no le pone unos palitos más de leña a la cocina -me contestó mientras seguía inmersa en un enorme sartén.

Cumplí su pedido y entonces giró mostrándome su dentadura rala en una sonrisa tímida…  -Debe tener hambre madestro! Dijo ya sin mirarme.

 –No doña, no se preocupe, con un poquito estaré bien…

  • ¡Tiene que comer! –me respondió más resuelta- de no, se va a quedar en la travesía. -Y Me alcanzó un plato de latón con una porción generosa y humeante de algo en lo que pude distinguir arroz, cebolla y pequeños trozos de una carne que no me era familiar.

Por una mínima diferencia el hambre le ganó a la desconfianza y probé el primer bocado: la recompensa fue grandiosa! Unos días después Doña Urbelinda me contaría que se trataba  de entrañas de chivito salteadas en grasa de choique con cebollas y unas pocas especies.

Estaba terminando mi porción cuando se arrimó el Vasco: 

-¿Cómo está? –me dijo señalando el plato con su mentón y con el tono autoritario de siempre. -¡Riquísimo don!, pero la verdad es que mañana tendré que conseguir con quién seguir viaje porque no tengo con qué pagar más días de hospedaje, así que, le encargo si… 

-¡No se preocupe!, me lo pagará a la vuelta y estése tranquilo que ya va aparecer alguien que lo arrime.

El Vasco desapareció por otro rato y doña Urbelinda volvió a regalarme esa sonrisa que, esta vez, ratificaba, pero con dulzura, todo lo dicho por su compañero… Me levanté con el plato y la cuchara utilizados en mi cena pero cuando los quise lavar en el fuentón de cinc, me los arrebató:

- ¡Déje, déje!, ¡mire que va a estar lavando usté! ¿Y pa qué estoy yo?

Le acomodé un palito más a la cocina y me senté en un tronco contra la pared. Cuando terminó de lavar el plato tomó el candil que humeaba más de lo que alumbraba colocado en el dintel de la ventana.

- Venga que le muestro dónde va a dormir.

Salimos de la cocina al patio donde el frío llegaba con las primeras estrellas. Varias piezas se alineaban a la derecha del patio con sus puertas de hoja partida. Llegamos a la última y salió a recibirnos un aroma a arpillera y lana de ovejas que ya empezaba a serme familiar. El ambiente, de adobe sobre una base de piedras, como todo el resto, no tenía más de cuatro metros de lado y una pequeña ventana sin vidrio en la pared opuesta a la puerta. Doña Urbelinda cerró el postigo de la ventana que revelaba del lado interno su origen en un cajón de latas de querosén y luego alumbró el camastro lo suficiente como para que me orientara sin entrar en detalles.

- Pare que le voy a buscar una cobija –dijo percatándose de mi escasa vestimenta y suponiendo (con razón) que en mi valija no llevaba nada mejor. Al cabo de unos minutos de oscuridad, el candil reapareció y doña Urbelinda detrás con una pesada manta de castilla que puso en mis manos al tiempo que me señalaba un rincón: 

- Si tiene frío, prenda el fogoncito, ¡hasta mañana!

- ¡ Hasta mañana y gracias, doña!

Se notaba que la cama era una rústica estructura de madera con lonjas de cuero que la cruzaban en ambos sentidos, cubiertos por unos bolsones de arpillera de esos para guardar la lana. Mi cansancio jugó a su favor y enseguida me dormí arrullado por los dados que seguían corriendo sobre el mostrador y el vientito fresco que se colaba por las hendijas pero no lograba atravesar el abrigo generoso que me había provisto Urbelinda.

3. HOGAR TRANSITORIO

El reloj solar del día siguiente me clavó una espada delgada que se colaba horizontal por el corte de la puerta y, por si pensaba no hacerle caso, el canto del gallo debajo de la ventana terminó de persuadirme de que debía levantarme.

De día, la meseta se mostraba aún más amplia en medio de una gran puja de colores desde los verdes estoicos de las plantas, hasta los rojos donde se desangran sus antiguas cordilleras, pasando por el gris silente de su tierra y de los pocos ranchos.

Doña Urbelinda se aprestaba a darle de comer a las gallinas, el Vasco tomaba mates acodado en la media puerta de la cocina mirando hipnotizado el horizonte. Algunos gauchos rumbeaban a lavarse la cara en la laguna y los seguí.

Buen día, máistro! –me fueron saludando a medida que nos cruzábamos, con un gesto de reconocimiento reconfortante e inmerecido. Ya todos sabían algo de mí, ya sabían lo poco que, potencialmente, podía hacer en aquellos lares (en los que, hacer y ser son casi lo mismo).

Los días empezaron a pasar cada vez más lentos. Calmaba la ansiedad de la espera colaborando con mis anfitriones: arrimando leña o agua a la cocina, reponiendo mercadería en las estanterías del boliche, tanteando los puntos del truco de los parroquianos que se acomodaban en la mesa del rincón… 

Disfrutaba especialmente, ayudar a Urbelinda en el horneado del pan (no en el el amasijo -claro está- que era de su entera potestad y durante el cual me regocijaba viendo trabajar sus brazos macizos que parecían convencer a empellones a la harina y a la levadura, de la conveniencia de asociarse armónicamente en un idilio leudante). Yo me encargaba de encender el fuego en el horno y de retirar, después de un rato, a la mayoría de las brasas. Urbelinda me permitía arrimar la masa leudada en los moldes pero el último rito de distribuirlos en el horno también era de su dominio exclusivo mientras yo volvía a admirarla oficiando como un pontífice en la puertita ojival de la pequeña catedral de adobes. Cerca de una hora después, me invitaba a comprobar el éxito de la labor cuando retiraba con humilde satisfacción los panes que se habían desarrollado convenientemente en ese útero gaucho y salían a la luz mostrando un renovado e intenso color de trigo maduro.

El lugar colectaba a quienes arribaban una vez por semana en el tren, a quienes transitaban la huella de Norte a Sur (o viceversa) con algún arreo, en tropas de carro o a gauchos solitarios que deambulaban, y a los lugareños que se acercaban en busca de provisiones, correspondencia (porque el boliche también oficiaba de estafeta postal) o buscando peones para algún conchabo temporario. Siempre  se trataba de población masculina que llegaba y se acodaba en el mostrador a apaciguar la soledad que suele andar en yunta con la abstinencia alcohólica de días o tal vez meses. La permanencia en el lugar nunca era menor a tres o cuatro días, nadie andaba con apuro. Desayunaban y merendaban carne asada de capón, potro o ñandú y dormían al reparo de los tamariscos sobre su propios recados, tendidos en el suelo. Le pagaban al Vasco cuando se iban, generalmente con “frutos de la tierra”: lana, cueros de oveja o de zorro, guanaco o puma, pluma de choique; el papel moneda no era frecuente. Mataban el tiempo contando historias de sus penurias frente al clima o de algún viaje, con frases cortas y silencios largos. Los naipes, los dados, o la taba, lubricados con alcohol, solían terminar en grescas que el Vasco casi siempre lograba disipar con su trabuco, aunque al parecer más de una vez no lo logró del todo porque detrás de la loma encontré un cementerio con más cruces que habitantes en el lugar. 

Si bien, por momentos me mantenía ocupado o entretenido en aquellos quehaceres, eran más los ratos en los que me asaltaban la impaciencia de la espera, la angustia por mi precaria y vulnerable estadía allí, y, lo peor, el temor a lo que vendría más adelante en mi vida (en el supuesto caso de que algún día lograse llegar a mi destino)… ¿Cómo sería la escuela?... ¿Cómo serían mis alumnos?... ¿Tendría capacidad y autoridad para enseñarles en un medio tan extraño a mí?... 

…¿Cuándo saldré de acá?...

…¿Cuando llegaré a mi destino?...

4. LA ESPERANZA EN EL HORIZONTE

Una tarde alguien alertó sobre la polvareda en el horizonte y lentamente se empezó a dibujar el andar lento de una tropa de carros. Varios gauchos ajustaron las cinchas de sus caballos y salieron a recibirlos para matar el tiempo y tener las primicias de algunas novedades. Cuando ya pudimos distinguirlos, el Vasco se me arrimó de atrás y me dijo:

-Es la tropa de Lahusen que va con vicios pal sur, con ellos podrás irte…

Me dio un vuelco el corazón! Llevaba casi una semana allí y ya empezaba a enloquecer… Corrí a la piecita a preparar mi escaso equipaje…

Cuando regresé, el convoy de carros, su tripulación y las cuantiosas yuntas de caballos y mulas que lo movían estaban estacionando en línea con los tamariscos. Había júbilo en el ambiente por la simple razón de un evento que rompía la monotonía, tanto para los locales como para los viajeros (que, vaya uno a saber, cuántos días llevaban en la huella).

Los conductores de los cuatro carros y uno de los que marchaba a caballo se apearon y rumberon derecho al mostrador donde cada uno pidió una botella de caña o de ginebra; el sexto tripulante era un niño que también montaba a caballo pero al desmontar debió dedicarse sacar los animales de las varas y arrearlos a la aguada… Entró al boliche después de más de una hora y se sentó en silencio cerca de la salamandra, pero nadie reparó en él… Después de un rato, con la excusa de echarle un tronco a la estufa me arrimé y lo saludé: 

-Buenas tardes! 

– Güena tarde, don –me respondió con respeto pero menos entusiasmo-.

- ¿Cansado?. 

-Si, algo nomás–me dijo sin mirarme-. 

-Querés unos mates?. 

-Güeno –me respondió no sé si con deseos reales o por sólo por compromiso…

Al rato estuve con la pava y el mate y me acomodé a su lado. Me presenté y me respondió con algo más de confianza que se llamaba Pedro Farías y era el marucho de la tropa (una especie de cadete que se ocupaba de las tareas menores como las de soltar o volver a juntar y enyugar los equinos, preparar el fogón en cada parada, etc.). A cuenta gotas me contó que era de Somuncurá.

- Payá pa donde vamo ahora –agregó-

Que estaba regresando de su primer viaje, que su familia era una tribu de la zona de la estirpe de los Pilquín, pero hasta el apellido le habían robado los huincas… 

Después de un rato dejé de hostigarlo con mis preguntas y me fui con la excusa de que la yerba se había lavado. El muchacho pareció aliviado de poder seguir disfrutando de su soledad sentado en el banquito casi en posición fetal como para no hacer mucho bulto.

Me fui a darle una mano a Urbelinda en la cocina y al rato apareció el Vasco con el capataz de la tropa y me lo presentó: 

- Abrám Altallanta, pa servirlo –me dijo extendiéndome la mano-.

- Este mozo es máistro y tiene que llegar al Paso de las Martinetas, capá que usté lo puede arrimar –agregó el Vasco-.

- Cómo no, amigo! Ya lo vamo acomodar entre los vicios! – todos soltamos la carcajada…

La cena fue de lo más animada entre la alegría del reencuentro del dueño de casa con el capataz, y yo que ya me hacía en mi destino final.

Cuando terminamos de cenar, el Vasco y Altallanta se fueron a hacer sobremesa al mostrador y yo le arrimé los platos a Urbelinda, le acomodé otro palito a la estufa y me despedí hasta mañana. 

-Tomá, llevale al chico –me dijo sin más explicaciones entregándome una media docena de tortas fritas envueltas en un repasador hecho de tela de bolsa de harina. La miré como preguntándole por qué ese gesto y me volvió a mostrar su sonrisa breve que esta vez quería decir “yo lo sé todo”.

Enfilé para el lado de los carros y no me costó demasiado encontrar a Pedrito debajo de uno de ellos, hecho un bollo acostado en su recado y tapado hasta la cabeza con su poncho. 

- ¡Pedrito! –lo llamé. Asomó sus ojos de calafate debajo del poncho sin decirme nada. 

- ¿Comiste?

- No madestro

- Bueno, acá te manda unas tortas la señora. 

- Gracia madestro!. Y enseguida se sentó con la espalda contra una rueda a saborear la primer torta.

- Hasta mañana

- Ta mañana madestro…

Busqué mi cuarto entre las sombras pero antes de entrar perdí mi vista en la inmensidad del firmamento florecido en estrellas y pensé que, a pesar de las dificultades que atravesaba, no dejaba de ser un privilegiado de la vida.


5 LA PALABRA PROHIBIDA

La estadía de la tropa se prolongó por unos cuantos días con la excusa de que se recuperasen los equinos, mientras los humanos se agotaban por las pendientes sinuosas del alcohol en el mostrador. El tiempo tiene el ritmo del transporte que la gente utiliza: en la Patagonia el reloj no corre, tranquea lento como un caballo que tiene que llegar lejos y contra el viento… Hice   mis bártulos en cada amanecer y de prisa, suponiendo que ése sería el día ansiado de la partida, para volver a sacar lo imprescindible cada noche con mucha decepción…

Uno de esos días apareció un cantor montado en un matungo famélico que se hubiera descoyuntado en el lomo de no ser porque el jinete era aún más raquítico. Se acomodó en un rincón y al verlo guitarrero enseguida le arrimaron una copa para que templara la voz mientras hacía lo propio con la guitarra. Pienso que no logró ninguno de esos cometidos, se puso a cantar una extensa milonga cuyos sextetos terminaban casi siempre con los versos “…yo soy de Fisque Menuco / pa lo que guste mandar…”

“…Dende chico me empujaron

a pionar por donde juera

me  disculpan si soy bruto

para mí nunca  hubo escuela

ni alguien me quiso enseñar,

y mi inorancia no oculto

yo soy de Fisque Menuco

pa lo que  guste mandar…”



Me quedé largo rato sin prestar mucha atención a la letra sino a Pedro que se había parado muy cerca del payador y miraba absorto la guitarra, como hipnotizado por el instrumento y su sonido. El cantor iba desarrollando su biografía tan heroica como fantástica: para ser cierta, a su vida le faltaban años, a su cuerpo, fuerza, y a la tierra, extensión. Pero el gauchaje se deleitaba porque, cada uno había protagonizado algo similar a lo que cantaba. El último sexteto terminó abruptamente:

“… Y llegué hasta donde algunos 

solo han podido llegar: 

allí donde ya no manda 

ni un cacique de este mundo 

penetré en el suelo profundo 

del pueblo de TrapaCLIN!!!!!!! 

sonó la prima que se cortó a la altura del diapasón cercenándole la primera articulación del índice derecho con el que iba punteando. 

El gauchaje se persignó por acto reflejo y uno de ellos ensartó en su facón el trozo de dedo que se retorcía como un gusano en el piso y en el mismo movimiento lo tiró adentro de la salamandra para que se lo devorara el fuego. 

Se hizo un silencio frío y en un rincón estaba Pedrito muy pálido mirando la mancha de sangre que fue a dar a su poncho a la altura del pecho… 

La noche se adentró de golpe sin que nos diéramos cuenta y la velada terminó en silencio antes de lo acostumbrado. 

Al otro día no había ni rastros del cantor y escuché que su guitarra también había terminado en las llamas de un fogón. 

–Que se joda por andar hablando de eso – me comentó Urbelinda al pasar, yo la miré para pedirle algo más de información, pero me clavó una mirada grave y terminante. 

Me conformé enseguida pensando que se trataría de una de las tantas leyendas locales y me desentendí del tema, sin sospechar que el lugar que el guitarrero no pudo terminar de mencionar me esperaba en el horizonte.

6. ¡POR FÍN, SALIMOS!

La mañana que partimos sentí el desgarro de separarme de aquellos dos seres que me habían brindado tanto. Les di un apretón de manos a cada uno pero hubiera querido quedarme sujetado siempre a la mano segura del Vasco o dormirme en la mirada profunda de Urbelinda.

Me acomodé en el pescante de la vagoneta, junto a Altallanta, arrebozado con el poncho de castilla cuya devolución, Urbelinda no aceptó a pesar de mi insistencia. Las noches a la intemperie que debí afrontar en la travesía le dieron la razón.

La trepada era larga y duró varios días.  Subíamos a contramano del viento y de un arroyo que bajaba desde el suroeste. Adelante estaban siempre las crestas de basalto oscuro inalcanzables, y al volver la vista, aún nos observaba silente la mole del Fuerte y las numerosas salinas que brillaban a su alrededor. 

Cada atardecer hacíamos un alto, encendíamos un fogón y comíamos charqui o algún bicho que cazaba Hernández, que era el otro jinete. A veces cenábamos un piche, o ñandú o guanaco. Pedrito comía después, lo que sobraba y una noche lo vi cuando, ya todos dormían, que, también acostado, degustaba una torta frita de las que le había convidado en Fuerte Argenta y que había sabido racionar.

Altallanta oteaba permanentemente el horizonte hacia un lado y otro, con movimientos tranquilos de sus ojillos que se entrecerraban en parte para enfocar mejor, para protegerlos del viento constante y porque a veces quería ganarle el sueño. Yo tampoco soy demasiado conversador pero en esos momentos le comentaba algo como para entretenerlo, aunque siempre me respondía cortante como para que no le interrumpiera sus cavilaciones.

- ¡Qué gente gaucha el vasco y su señora! – le dije en una de esas-

- Sí… -me respondió con desgano-. Por acá no se puede andar sin hacer y recibir gauchadas…

Después, si el camino le daba un respiro, sacaba su tabaquera de cogote de choique y se armaba un cigarro grueso y amargo como su suerte.

Marchábamos de día, después de unos mates que daban tiempo a Pedro para juntar los yeguarizos y uncirlos a la vara de cada carro. Marchábamos en silencio, mirando el horizonte que permanecía alto, con Pedro cabalgando a nuestro lado, atento a cualquier orden y el carmín de su destino pintado en el pecho, casi con orgullo. La huella era irregular y serpenteante, cruzando a un lado y otro del arroyo como si no se decidiera, y, adelante, siempre una cuesta por conquistar, y al hacerlo asomaba otra, y la siguiente… Nos miraban pasar los coirones despeinados y las jarillas, entre las toscas blancas, rojizas, amarillentas desteñidas por el sol y afiladas por los vientos…

A simple vista parecía un paisaje pobre, de colores lánguidos y porte raquítico, pero, a medida que avanzábamos y empezábamos a formar parte de él, empecé a darme cuenta de su imponente robustez que le permitía sobrevivir en la inmensidad del tiempo y del espacio… Aquel molle, por ejemplo, tendría poco más de un metro de estatura y un ramaje laberíntico y espinudo que acaparaba cerca de dos metros de diámetro… ¿Cuánta fuerza habrá hecho la semilla original, tan pequeña como una arveja, para asirse al suelo sin que el viento la destruyera a fuerza de rodarlas sobre las piedras inclementes?... ¿Cómo habrá logrado germinar y crecer en una región de lluvias tan mezquinas?... Y sin embargo, sin rencores con la vida ofrece su ramazón a esa calandria vestida con humildes colores de obrero, para que anide segura… Y, a su vez, la calandria ofrece su concierto gratuito y variado a nuestro paso, como alentándonos a seguir, a no caer en pesimismo, a mantener la dignidad en alto…

La primer noche del trayecto me encontró con el cuerpo molido por el traqueteo del carruaje durante tantas horas… El fogón, los mates y la carne asada nos hizo revivir un poco pero pronto la oscuridad de la noche nos convenció de que debíamos dormir… Antes de que el sueño me venciera alcancé a sentir algo bastante parecido al miedo a la oscuridad, al frío, a lo desconocido…

Sin embargo, para la segunda jornada empecé a sentir al paisaje más amigable… Empezó a nacer en mí una sensación de que aquel ambiente, aún con sus deficiencias, me estaba esperando, me recibía con tanta satisfacción que me mostraba y brindaba orgulloso todo lo que era: desde las lacerantes espinas de molle (que luego serían la ansiada brasa esperandome para encender cada nuevo día), hasta el trino alentador de la calandria… Definitivamente, esta región no era un desierto: el desierto había estado dentro mío, pero lentamente, empezaba a poblarme de sensaciones vitales...

7 LA CRUZ DEL SUR

Una tarde, por fin dimos con la cima de la última terraza. El piso era firme y oscuro como sangre reseca. El horizonte por delante estaba casi despejado, casi no había nada más alto, sólo algunos bonetes esparcidos en el amplio espacio, en cambio al borde de la terraza, el resto del planeta se repartía en decenas de cañadones y vallecitos que convergían en un llano, allá muy abajo… En muchos de esos cortes transversales la meseta sangra  diminutos cursos de agua (similares al que nos había guiado hasta allí), en vertederos que primero forman una aguadita rodeada de cortaderas que ondean sus cabelleras rubias al viento, y luego, el agua empieza a correr hacia el bajo, esquivando toscas, hasta que, agotada de tanta adversidad, vuelve a hundirse en la tierra de donde afloró…

Cuando nos apeamos el rostro de todos reflejaba algo de satisfacción y alivio. Altallanta, en sus escasos comentarios, me había confesado que, una vez allí, estaríamos a mitad de camino, y habríamos superado la etapa más difícil. Enseguida me acomedí a buscar leña y a los pocos metros encontré una piedra de, aproximadamente, un metro cúbico, con la cara superior lo suficientemente regular como para permitir que alguien haya cincelado en ella una cruz, una cruz formada por cuatro triángulos concéntricos, aceptablemente equiláteros tres de ellos, y uno isósceles, más alargado; una cruz cristiana, sin duda. Me arrimé con el brazado de leña y cuando mis compañeros empezaron a rodear la hoguera que comenzaba arder, les comenté del hallazgo; todos sabían de la existencia del objeto enigmático pero nadie conocía su origen. 

  •  ¡Melipal! -me gritó Pedro, que había escuchado mi interrogatorio y continuaba liberando a las bestias de las varas. 

  • ¿Qué? – pregunté

  • Echale agua a la noche madestro –me dijo y se fue al otro lado de los carros como para terminar allí la conversación.

Tomamos unos mates y comimos asado fiambre y dos piches que atrapamos en el último tramo. Cuando ya empezábamos a pensar en dormir, Pedro se me arrimó por detrás, me tocó el hombro y me dijo: 

- Vení madestro…- Lo seguimos con Hernández y nos llevó derecho a la piedra de la cruz. Llevaba un jarrito con agua que vertió sobre los cuencos triangulares y me hizo señas para que me arrime: una estrella se reflejaba en uno de los triángulos...

- Cuando baja melipal es wetripantu –me dijo con toda naturalidad…

Me quedé en tal silencio intentando comprender lo que Pedrito me explicaba que Hernández, compadecido me aclaró: 

       - dice que cuando cada estrella de la Cruz del Sur se refleja en los güecos de la cruz, empieza el año de ellos…

Levanté la cabeza y allí estaba la constelación Crux de los griegos, que por estos lares era la pata de choique –namunchoique-, Melipal, de los mapuches, tal como acababa de presentármela Pedro… Allí iba, arreada mansamente por el Centauro, del cual, los originarios destacaban sus dos estrellas más brillantes como “las boleadoras” que los cazadores habían tirado al choique. 

Las noches de aquellas travesía fueron gélidas a pesar de la incipiente primavera,y nos obligaban a dormir con la cabeza tan cubierta como el resto del cuerpo y debajo del carro para cortar un poco la helada; yo nunca pude dejar de resistir todo lo que podía con los ojos clavados en lo alto disfrutando el paisaje celeste hasta que el sueño o el frío (o ambos), me vencían…

8. PIEDRAS QUE HABLAN

Transitar sobre Somuncurá era como viajar sobre la caparazón de una enorme tortuga. La vegetación era más rala porque no cualquier planta lograba sujetarse en alguna grieta de la dura costra basáltica. Las ruedas de los carros lanzaban agudos gemidos cuando en alguna leve pendiente los peñascos diseminados las limaban con sus bordes agudos que el paso de los días oxidaba…

  • Sangre de carro - me comentó Altallanta con una leve sonrisa que. tal vez, era autocompasión, porque sabía que también su vida se gastaba en la huella, como las llantas de los carros… 

 De vez en cuando aparecía una laguna donde abrevaban guanacos y choiques para alegría de todos porque la destreza de nuestros compañeros con las boleadoras garantizaban un asado seguro . El viento del oeste nos daba bastante de lleno. El viento mezcla los aromas de los montes con el de las bestias y los nuestros… El viento arremolina sueños, miedos y recuerdos...

  • Y pensar que me vine al sur escapando del obraje –exclamé, en uno de esos días en los que el rigor del sitio se hacía sentir-

  • Todos los que rumbeamos pa estos lados venimos escapando de algo amigo –me respondió Altallanta en su tono terminante  y taciturno de siempre…

A media tarde de unos de esos días interminables me señaló un promontorio que empezaba a dibujarse en la pampa amplia del horizonte: 

  • Allá está la vieja esperándonos –me dijo. 

Como a la hora llegamos al sitio en el que una piedra de algo más de un metro de altura con forma de cono inclinado concitaba toda la atención, en parte por ser casi la única irregularidad del paisaje y, otro tanto por evocar la figura de alguien postrado en actitud somnolienta. “Yamahuk”, la llamaban todos y le arrimaron un palito de leña a los cientos que ya tenía a su alrededor, “para que no nos falte la caza” me dijeron.

“La vieja” marcaba el final de otra etapa. Al día siguiente terminamos de atravesar Somuncurá y empezamos a descender. A nuestra vista se desplegaban vallecitos que iniciaban cerca de la cima con una tímida vertiente delatada por la oscuridad de la tierra y por el triángulo verde que, con vértice en ella, se iba ensanchando hacia abajo por varios intrincados kilómetros de vegetación más viva, en la que predominaban las cortaderas. Nosotros bajamos por una de ellas con la misma torpeza y esfuerzo con que subimos desde Fuerte Argenta.  

Después de un par de días volvimos a estar en una huella pareja rodeados de mesetas que ya no era sólidas como Somuncurá sino extensos promontorios pedregosos como si alguna vez un grupo de gigantes se hubiera ocupado de acumularlos con grandes palas. También aún se veían en derredor islotes basálticos como pichones dormidos en torno a la meseta madre.

9. NUESTROS RUMBOS SE SEPARAN


Anduvimos otro par de días en línea bastante recta hacia el oeste por esas pampas. Una tarde llegamos al paradero donde haríamos noche y en los últimos metros, antes de frenar los matungos que bufaban cinchando el vagón, Altallanta me anunció:

  • Bueno, amigo, hasta aquí amos llegao… Mañana nuestros rumbos se separan…

No le respondí, pero mi mirada desesperada fue suficientemente expresiva…

  • No se priocupe que no lo voy a dejar abandonao, maístro, mañana le mostraré cómo tiene que seguir…

Casi no comí ni dormí esa noche, pensando en lo que me esperaba a partir del día siguiente… Cuando empezó a clarear me levanté y prendí fuego… Antes de poner la pava, Pedrito ya estaba a mi lado:

  • No te hagas mala sangre, madestro, el Yastéc no te abandona…

  • ¿Y qué es eso? –le respondí

  • El cerro donde vas –me respondió y se fue a sus tareas de reclutar los animales.

Mateamos en silencio, parecía que a Altallanta también le costaba la despedida… Cuando promediaba nuestro brebaje le dijo a Hernández.  

– ¡Preparale un caballo al máistro y mostrale el Yastéc desde arribita e la loma! 

Al ratito estaba de nuevo Hernández: -¡Listo máistro!, Vamo?...

Subimos una meseta arenosa de unos cincuenta metros de alto y, una vez arriba me señaló un punto azul oscuro que apenas sobresalía hacia el Sur Oeste: 

-Ayá tá el Yastéc, paí tiene que rumbiar derecho, después viene el río y su Paso… 

Delante de mí, y hasta ese punto apenas visible que me señalaba, las mesetas se apiñaban como prometiendo dar batalla para no dejarme llegar…

  • Usté busque los cañadones y enfílese pa donde vea cortaderas que ahí va a encontrar agua… Si mañana está en un bajo que no ve el cerro, se sube a una loma pa divisarlo como hicimos hoy… ¡En tres días, deseguro que llega! –finalizó con una media sonrisa como para darme ánimo…

Cuando bajamos la tropa ya estaba lista para seguir y no quise demorarlos así que empecé a darles la mano a cada uno…

  • ¡Don Altallanta, algún día le voy a devolver el caballo y le voy a pagar todo esto! –le dije al patrón un poco avergonzado y otro tanto emocionado- 

Me apretó la mano y me contestó:

  • Amigo, las gauchadas no tienen dueño… Usté haga lo mismo por otro cada vez que pueda – Y me tendió una bolsa con una paleta de guanaco: …¡Pal viaje!

  • ¡Gracias don!

Pedrito me esperaba al lado del caballo y me tendió la mano. Sólo nos miramos. Hubiera querido invitarlo a venir conmigo pero hubiera sido una traición a Altallanta… El niño tenía marcada su huella de marucho… 

Y se quedaron viendo irme con la soledad enancada en el zaino que, ahora, era mi caballo, y tal vez apostando a si llegaría a destino o me perdería en aquel enorme laberinto sin muros…

10. ARREANDO MI SOLEDAD

Enfilé el zaino y emprendí la marcha al trotecito corto, llevaba mi maleta por delante y eso incomodaba bastante, sumado a lo rudimentario de mi montura: un bocado con riendas para guiar al caballo y dos cojinillos sujetados con la cincha por montura, sin estribos donde afirmarme. Pero a la pena de la despedida y al temor por lo desconocido le fue ganando una sensación de satisfacción por  que estaba donde quería estar, más aún, que iba donde quería ir. Comencé a sentir que crecía en mí esa convicción de maestro sarmientino que había leído en incontables memorias… Allá iba este abnegado padre del aula a favorecer y dirigir simultáneamente el desarrollo moral, intelectual y físico de todo niño de seis a catorce años de edad conforme a los preceptos de higiene que estos infieles seguro que no conocen, pobrecitos, pero ya lo aprenderán, porque la letra, con sangre entra y yo me encargaría de que así fuera…

Después de casi una hora las mesetas se abrían en un amplio valle a mi izquierda, un llano tentador y extenso que debía atravesar en diagonal, y luego seguir por las laderas de las mesetas del oeste. Me concentré en un punto verde que apenas resaltaba entre medio de dos lomas y hacia allí me dirigí; la última etapa ya fue un poco empinada pero pasado el mediodía logré llegar hasta un breve mallín en el que había una vertiente humilde y un par de piedras acomodadas en círculos anunciaban que el lugar era parador acostumbrado de más de un viajero. Me apeé para estirar las piernas y beber un poco de agua al igual que mi flete, y mientras éste descansaba un rato seguí a pie hasta la cima de las lomas, unas decenas de metros más arriba. Desde esa explanada volví a ver el morro del Yastéc que pugnaba por mostrarse aún muy lejos. 

A un par de leguas, en esa dirección, alcanzaba a resaltar el verdor de otro cortaderal con su consabida vertiente y hacia allí enfilé, aprovechando que aún quedaban unas horas de luz… Bajé hasta donde había quedado mi pingo, ajusté la cincha y una piedra de un medio metro de altura, más o menos, me sirvió para montar y para dejar preparada mi valija a mano y alcanzarla una vez que estuve arriba… Reanudé el camino cada vez más seguro de la acertada decisión de estar allí pese a las dificultades… A poco de andar se cruzó un piche al que logré cazar por lo que aumentó mi provisión de alimentos… 

Cuando ya las sombras del Oeste se empezaban a alargar demasiado, llegué a la meta que me había fijado, donde otra vez algunos fogones de piedra y el hueserío de los alrededores me informaron que no era el primero en pasar por ahí. Ese sería mi primer campamento. Después de sacarle la improvisada montura, arrimé al caballo a la aguadita para que saciara su sed y lo até como para que pudiera ramonear cortaderas y junquillo que abundaba en el lugar. Busqué leña e hice un fuego, a cuyo rescoldo puse a cocinar el piche para comerlo al día siguiente, cubriéndolo con piedras calientes y luego con brasas. Finalmente, saqué la paleta de guanaco que me había dado Altallanta y también la puse a asar ensartada en una rama de jarilla. 

El sol bajó lamiendo las lomas del Este que tenía enfrente, resaltando varias gamas de marrón sobre sus cuerpos estirados; recordé que Pedrito me había dicho que cuando el sol “alumbra patrás” en el ocaso, es pronóstico de lindo clima para el día siguiente… Después de cenar me quedé aún un rato sentado, disfrutando el silencio y el cielo que empezaba a encender sus estrellas… Allí estaban todas para mí, todo ese escenario era tan magnífico que ni siquiera podría visualizarme como un punto en este ínfimo punto del universo que es nuestro planeta… Y sin embargo, me sentía dueño de todo ese cielo…

 Cuando sentí que el sueño empezaba a llegar, me acomodé sobre los cojinillos del recado y me tapé con mi fiel manta, no sin antes agregarle unos palos de molle al fuego, seguro de que sus brasas me esperarían hasta el día siguiente… Debo haber encaminado los últimos pensamientos a mi vulnerabilidad absoluta, a merced de alguna fiera o de humanos mal intencionados, pero el temor se rindió enseguida al cansancio de la jornada.

 11. PERDIDO

A la mañana siguiente me despertó el sol que empezaba a asomarse detrás de las lomas de enfrente y una ratonera que protestaba porque unos zorritos que se habían acercado a curiosear el campamento… El caballo, por suerte, se mantuvo tranquilo donde lo había atado… No me costó hacer fuego colocando cortaderas secas sobre las fieles brasas de molle que quedaban, pero primero desenterré el piche que aún estaba calentito y perfectamente cocinado…  La mañana estaba fresca y hubiera apetecido unos mates, pero no tenía ni yerba ni los utensilios necesarios, sólo tenía una pequeña lata en la que calenté agua y me preparé un té de menta (que crecía en los bordes de la aguada) que me terminó de despertar y calentó el cuerpo… 

Después del desayuno, ensillé y monté, siempre valiéndome de alguna roca que se ofreció como escalón y soporte de la maleta… Retomé el camino… A un par de kilómetros las mesetas aluvionales se fueron trocando en el amplio y escabroso faldeo de un murallón oscuro y alto, pariente geológico de Somuncurá… Después de dudar bastante seguí rumbeando hacia el Sur por la orilla de esa cadena, con la esperanza de encontrar un paso para atravesarla sin necesidad de treparme a su fría y ventosa planicie… Anduve todo el día y la cresta alta y morada siguió a mi lado sin darme tregua e intranquilizándome… 

A la tardecita volví a hacer campamento en un mallincito, bastante apesadumbrado por lo incierta que se había tornado mi ruta… Había sólo un fogón de piedras lo cual me hizo pensar que el lugar no era tan transitado como los anteriores… Tal vez había errado mi camino… En las proximidades también había un trozo bastante grande de hierro, fragmento de una llanta de carro… Comí el piche, hice un poco de sobremesa charlando con las estrellas y me acosté bastante cansado pero la preocupación retardó el sueño… Para colmo, a media noche me despertó la bulla de los zorros que intentaban alcanzar un trozo de paleta de guanaco que me quedaba y había tenido la precaución de colgar en las altas ramas de un molle… Avivé la fogata y los corrí a piedrazos… Me volví a acostar y dormité hasta el alba… Repetí la ceremonia del té de menta y mientras lo sorbía, oteaba los alrededores para decidir hacia dónde rumbear en esa jornada… Barajaba tres posibilidades: volver hacia el campamento anterior y, desde allí, rodear la serranía por el Norte; encarar la trepada de la sierra desde donde estaba por sus escabrosos cañadones; o, seguir hacia el Sur, manteniendo la esperanza de encontrar un paso más transitable… 

Cuando casi me decidía por la segunda opción contemplé un ñanco que me miraba parado en un molle, a unos cien metros hacia el Sur, mostrándome su enorme pecho blanco en señal de buen augurio, según me había dicho Pedrito en el camino de Somuncurá… Decidí seguir el consejo del ave y continué rumbo al Sur, esperando que esta vez, la búsqueda del paso no fuese tan infructuosa… 

A las dos horas encontré el final de la sierra y retomé el ansiado camino a la derecha… El ñanco –no sé si el mismo individuo- seguía reapareciendo cada tanto, parado en un monte adelante y en la misma línea de mi camino… a poco de mi giro hacia el Oeste, el morro del Yastéc empezó a reaparecer, cada vez más imponente y bien enfrente, como si se hubiese alineado con el final de la sierra… 

Calculé que, hacia el final del día podría llegar al pie del cerro… Logré mi objetivo casi sin darme cuenta, porque viajé extasiado por el nuevo paisaje que se empezaba a desplegar: a los oscuros peñascos basálticos de la familia de Somuncurá y a las prolijas mesetas aluvionales, se sumaban ahora formaciones rocosas de colores cálidos que iban desde el rojo ferroso hasta pálidos amarillos o verdes, depositados como capas de hojaldre sobre las formas más caprichosas… Ante mi desfilaban obeliscos naturales como tótems o piezas de un gigantesco ajedrez, o proas de barcos que asomaban como hundidos en las mesetas, penitentes solitarios, agujas enormes que afiladas con el viento milenario, frontones que evocaban castillos o monasterios medievales… El viento se había encargado de desgranar la piel de estas formaciones coloreando con sus tonos las lomadas circundantes dando a todo el paisaje un carácter más armonioso… y el ñanco siempre delante con su presencia grave que le daban seguridad a mis pasos…



A la tardecita me acomodé en un mallín cerca del Yastetc… Podría haber andado una hora más y quizá llegaba a mi destino final, pero yo iba a estar entrando la noche y prefería que eso ocurriese a plena luz del día… Cumplí con toda la ceremonia del paradero: desensillar, abrevar al caballo y atarlo donde haya algo de hierva, encender un fogón… Comí el poco de la paleta de guanaco que me quedaba y revoleó todo lo lejos que pude los huesos para que los zorros no me molestaran esa noche… Tenía prisa por recostarme y contarle a las estrellas que casi lo lograba, que había podido solo, que mañana estaría en mi escuela, que mañana conocería a mis alumnos, que, seguramente izaríamos la enseña patria al son de esas voces nuevas que esperaban con ansias beber en las aguas del saber civilizador, que mañana…

12. EL PASO DE LAS MARTINETAS

Y el mañana llegó en un cerrar y abrir de ojos! Me despertó el canto inspiradisimo de una calandria que me brindó su largo y variado recital hasta que me puse en camino… Cuando terminaba de superar el enorme Yastéc por su lado Sur el camino se tornaba en declive hacia las arboledas que presagiaban el río… Un humo próximo me sorprendió: alguien estaba a un par de kilómetros de donde había pasado la noche… Un poco más adelante se empezó a levantar una polvareda… después distinguí numerosos caballos que avanzaban hacia mí… y luego a sus jinetes… y finalmente, a las lanzas en sus manos… ¡me quedé estático!

En unos minutos estuve rodeado por una media docena de guerreros que  primero giraron en su caballos nerviosos en torno de mí… 

-¿pa’ande va? – Me dijo uno que parecía ser el jefe.

-Al paso –respondí con la boca reseca…

-¿A qué? – me volvió a preguntar con un tono increpante

-Soy el maestro – respondí casi tartamudeando

Me estudió de arriba abajo y parece que mi apariencia lo convenció porque cambió su tono y me invitó a seguirlo… 

Un indio se adelantó al galope después de conversar brevemente con el jefe… A medida que avanzabamos empezaban a distinguirse algunos retazos de río o de sus arenales o barrancas que escapaban de la sombra de los copiosos mimbres de la orilla, y los humitos de las poblaciones esparcidas en el valle, la mayoría, del otro lado, todas rodeadas de parcelas cultivadas… A lo largo de nuestro trayecto se fueron sumando un par de decenas de guerreros que, evidentemente, se habían ido apostando próximos para reforzar a la comitiva de vanguardia ante un eventual enfrentamiento… Notaba sus miradas en las que la hosquedad inicial se había tornado en curiosidad…

Cruzamos por el vado con el agua hasta el brazuelo de los animales… En la chacra donde arribamos nos esperaban unas doscientas personas que se apiñaban por verme pero se contenían respetando una barrera imaginaria que sólo un hombre había cruzado… Cuando me apeé, uno de mis escoltas tomó mi caballo y me miró como pidiendo que se lo confiara, enseguida tuve cara a cara al hombre que se había puesto delante del gentío extendiéndome su mano: 

-Millañanco pa servirlo madestro, y ésta es mi gente –agregó girando y señalando con ademán suave al resto de la tribu… 

A mí, la emoción apenas me dejaba salir las respuestas básicas: mi nombre y apellido y un gracias repetido… Luego dí la mano a uno por uno de quienes me esperaban, incluidos niños y niñas… Esa recepción fue larguísima, pero con el tiempo comprendí el acierto de haberles dedicado esa pequeña atención individual, que, de lo contrario, hubieran sentido como un desprecio…

13. MI NUEVO HOGAR

Enseguida me invitaron a un galpón (que el dueño de casa –don Meliñanco- tenía para acopiar lanas, cueros y cereales), donde habían acomodado unos bancos largos para que nos sentemos en círculo… Participaron de la reunión los representantes de cada familia y acordamos que, luego de almorzar, me llevarían a la chacra donde se ubicaba la escuela y mi residencia; yo les pedí una semana, antes de empezar las actividades de enseñanza, para visitar cada hogar haciendo un censo de la población infantil que sería mi alumnado. Todos estuvieron de acuerdo y gustosos de recibirme y así se fueron despidiendo con una sonrisa tímida y la mano derecha estirada y tiesa para que se la estrechara, lo cual hice devolviendoles esa sonrisa que era la mejor bienvenida… Después don Meli me invitó a pasar a su rancho dentro del cual, su esposa e hijas trajinaban preparando el almuerzo… los demás varones del hogar, ocho en total, trajeron de vuelta las bancas usadas en la reunión y las acomodaron en el largo mesón al que fui convidado a sentarme al lado de mi anfitrión… 

El almuerzo no tardó en servirse, empezando por unas cazuelas con sopa que a mí me significaron un festín después de unas tres semanas a pura carne asada… La estación del año no era aún la más propicia para que abunden las verduras pero la sopa contaba con cebollas, papa y zapallo de la cosecha anterior y acelga y cilantro actuales; no me hice rogar cuando me ofrecieron llenar nuevamente la cazuela… Acompañaba la sopa con tortas fritas de cuya existencia también tenía un vago recuerdo… Después vino el resto del puchero y tortillas de acelga optando por servirme un par de porciones de esta última…

Después del almuerzo, la muchachada se retiró, las mujeres almorzaron algo apretujadas en otra mesita y nosotros hicimos una sobremesa durante la que Meli empezó a ilustrarme un poco sobre la vida en la aldea y sobre la suya en particular. Era el herrero del pueblo por lo que su cara grave se iluminó cuando le conté que había visto un trozo de llanta de carro a un día de viaje más allá del Yastéc. Me pidió todas las precisiones del paradero para mandar al día siguiente a sus muchachos antes que se borraran mis huellas… 

  • Güeno madestro, cuando guste lo acompañamos pa la ecuela –me dijo después de un rato en el que habíamos degustado un té de paico-

  • ¡Cuando guste don! –respondí con entusiasmo y poniéndome de pie

  • ¡Vamo nomá entonce!

Saludé a las damas de la casa agradeciéndoles los manjares que me habían servido y ellas respondieron con una sonrisa similar a la que solía devolverme doña Urbelinda en Fuerte Argenta.

Afuera los mozos ya nos esperaban con los caballos listos… A mí me habían preparado un tordillo “fresco” para que el zaino descansara y se recuperara de sus vasos después de la travesía por la costra afilada de Somuncurá.

Fue un viaje de, más o menos, una hora en el que atravesamos un par de chacras desde las cuales salían para vernos pasar y saludarnos y en las que siempre se nos agregaba uno o dos jinetes. Llegamos a la chacra de Curiñanco donde habían construido un salón aledaño al galpón. Me hicieron pasar: eso sería el salón de clases y mi vivienda… No era justo lo que había imaginado, pero era un espacio que aquella gente había construido confiando en que algún día yo llegaría… Se quedaron el dueño de casa y don Meli cerca de la puerta esperando que inspeccionara el recinto que era lo suficientemente amplio como para albergar las tres mesas largas con bancas a cada lado, un buen espacio para moverse de extremo a extremo y, en contra la pared del fondo, un catre y un fogón… Los hombres me me seguía con una tenue sonrisa que esperaba mi aprobación y no los hice esperar:

 -¡muy bien! –les dije, y agregué con aire solemne- ¡esta será la escuela de Paso de las martinetas! - 

-¡Si, madestro! ¡Eso! ¡Muy bien! ¡Esta es nuestra escuela! –me decían y repetían al unísono, palmeándome y palmeándose entre si…

Tomamos unos mates bajo unos sauces del patio y luego don Meli se retiró muy contento, sin dejar de recordarme que mañana mismo mandaría a su gente a buscar el fierro… 

Una vez solos con Curi, me presentó a su familia: su esposa, tendría, como él, unos cincuenta y tantos años, dos hijas casadas cuarentonas y su respectivos cónyuges, el hijo menor que no aparentaba llegar a los treinta, una nieta de unos dieciocho con su compañero y su niño de un par de añitos, tres adolescentes varones y dos niñas que no llegaban a los quince, dos nietos en plena edad escolar y otros dos infantes –todos nietos del dueño de casa-. También estaba su padre, Aihuín, de edad imposible de precisar, ojos pequeños acostumbrados a escrutar contra el viento y hasta el fondo de las almas, las arrugas de un cuero tan antiguo como el sol, pero el cuerpo aún vital como para hacerlo autónomo; Aihuín oficiaría de quimche, de maestro auxiliar para facilitarme la comunicación con los alumnos; sería mi mano derecha y mi sombra (o quizás, yo la suya)…

14. LA COMUNIDAD

Al alba del día siguiente, salimos con Aihuín, después de una mateada, a iniciar mi relevamiento, empezando por la última vivienda, ubicada en el extremo Sur del valle (considerando que en ese tramo el río tiene esa dirección antes de retomar el camino derecho al mar)… Las poblaciones familiares se suceden a intervalos de uno o dos kilómetros y en todas podíamos apreciar el saludo cordial de los moradores que nos divisaban, así como el canto de las cuantiosas voces que habitaban el hogar desarrollando distintas actividades; y el que no cantaba silbaba o marcaba ritmos percutiendo algún objeto… 

-“Tenca Tripantu” –me dijo Aihuín cuando notó que el fenómeno se repetía lo suficiente como para llamarme la atención-. 

¿Y qué es eso? –pregunté-. 

EL año de la tenca… ¡Esa! –me aclaró minutos después cuando vimos una calandria cantando sobre una zampa… Luego me fue contando que cada año eligen a una animal o a una planta para resaltar sus virtudes e incorporarlas a la vida comunitaria; por eso la aldea, desde fines de junio ha comenzado a desarrollar este gusto por cantar y algunos niños nacidos en el mismo período, han recibido el nombre de “Tenca”.

Cerca del mediodía llegamos a la última población, en la que viven Nahuemilla con su esposa, su suegra, tres hijas adultas (dos de ellas, con su pareja), dos varones solteros adultos, un adolescente, una púber, dos nietos varones y una nieta y otra niña que aún no tiene edad escolar. Nahuel salió contento a recibirme, ya me había conocido a mi llegada, así como sus yernos, pero las mujeres se habían quedado en casa. Me contó que era de la estirpe Milla (uno de los clanes fundadores de la comarca) y había poblado el lugar hacía casi cuarenta años, cuando armó pareja con Llanca, su esposa y que tenían cuatro hijo varones más, que ya se han “acoyarao” con otras jóvenes de la comarca… Además de la producción de la huerta, el hombre es un hábil soguero y de los principales proveedores de ese tipo de insumos al resto de la comunidad. 

Almorzamos allí y luego comenzamos el retorno, visitando un par de casas más que encontramos río arriba.  En los días subsiguientes, el trayecto se fue acortando, lo que nos permitió visitar cuatro o cinco viviendas en el mismo día. La recepción siempre fue cordial, todos aprecian mucho mi esfuerzo de atravesar media Patagonia para servirlos y la compañía de Aihuín le daba aún más autoridad a mis palabras. 

Al atardecer del quinto día terminamos el recorrido, habiendo relevado diecinueve familias, todas numerosas, las de más al norte, que visitamos al final, tienden a ser más numerosas que las del sur porque son asentamientos más antiguos. El promedio de habitantes es de unas 25 personas por familia, en las que están bastante equilibrados los sexos, con un leve predominio de varones. 

Si bien la primera impresión parecía indicar una organización patriarcal, con el tiempo fui descubriendo que la figura femenina configuraba gran parte de la estructura de la comarca ya que el varón debe asentarse en el domicilio de aquella que lo acepte como pareja, y esta aceptación, a su vez, no es definitiva y se consolida, generalmente, en plena adultez, después de los cuarenta años. Una de las consecuencias inmediatas es que, si bien los varones aparecen como jefes de familia, ésta está integrada en la mayoría de los casos, por hijos adoptivos, mientras que algunos consanguíneos pertenecen a otra familia. Pese al riesgo que esta organización conlleva, no advertí anomalías físicas que pudieran derivar del incesto, tal vez porque – como me lo revelara tiempo más tarde una mujer con la que estuve vinculado, cada madre se ocupa de transmitir a sus hijos un buen detalle de quiénes fueron sus padres y qué otros hermanos tienen en la comarca. Los niños crecen identificando perfectamente a la madre biológica y disfrutando del cuidado de los varones adultos que tienden a brindarles a todos, atención de padres. Y, una vez adultas, sus mujeres parecen sumisas, pero al vincularme un poco más con ellas, comprendí enseguida que estaban acostumbradas a tomar decisiones y a planear estrategias; más de una vez, alguna que otra familia, desempolvando recuerdos, mencionó que allí había nacido y pasado su niñez María, la reina Tehuelche, María la grande… De todos modos, la incorporación de adultos de otras comunidades es siempre celebrada aunque no muy frecuente; si es una mujer la que se incorpora, significa que la nueva pareja no tiene casa donde residir por lo que se le asigna una nueva parcela hacia el sur y todos le ayudan a levantar en pocos días una vivienda.

Los rasgos físicos son bastante similares aunque se alcanzan a distinguir un modelo que tiende a ser más estilizado, de mayor estatura y rasgos faciales más afilados, de otro más bajo y regordete. También hay en la mayoría de las familias, algunos individuos de piel algo más clara y leves ondulaciones en el pelo (con algo de sorna, sus compatriotas suelen definirlos como “coliches” –gente colorada- o “lifsches” – gente blanca-). Recién hacia el final de mi estadía en la comunidad pude encontrar una explicación a este fenómeno.

Cada familia tiene un huerto y ovejas en proporción a sus habitantes, aves de corral (gallinas, pavos y martinetas aguachadas), además de una buena tropilla. Se tiene cuidado de no superpoblar de ovejas el valle para no destruir sus pasturas naturales: cada familia puede tener sólo dos ovejas por habitante, lo cual les permitía mantenerlas diariamente controladas y rotar el pastoreo en las proximidades. En todos los hogares se practica el hilado y tejido de lanas (de oveja y guanaco), así como la curtiembre de variedad de pieles. Algunas familias también practican una alfarería elemental que les brindan los cacharros para la alimentación y lo mismo ocurre con la herrería: en dos o tres hogares que visité, se forja el  hierro que consiguen en los trueques con alguna tribu nómade que los visitaba de vez en cuando, o algún mercachifle (el más frecuente de ellos, era un turco llamado Anatolio Nabat). 

Rara vez alguna comitiva viaja a la Colonia a comerciar. En verano la producción de los huertos es muy generosa y a las verduras se agrega una buena cosecha de variedad de frutales (guindas, manzanas, duraznos, uva) que consumen fresca y también como jugos o disecada para el invierno (los dulces no son frecuentes por la carencia de azúcar y por el deterioro del hierro de los cuchillos al procesarla). El telar y la preparación de alimentos (salvo, de asado), es privativo de las mujeres, así como la caza y la doma de caballos lo es de los varones; el resto (huerta, curtiembre, alfarería), son compartidas por individuos de ambos sexos.

Más que normas, hay costumbres –el alcoholismo, por ejemplo, es una condición que descalificaba a cualquier persona, por eso nunca se adquiere ni se fabrican bebidas embriagantes, y, aunque los jugos de fruta frecuentes en el estío los alegraba un poco, nadie abusaba de su consumo. Con esta premisa juega un papel muy importante el Lonco Millañanco que realiza una actividad permanente de diálogo con las familias relevando sus necesidades, focos de conflicto, asperezas entre sus miembros o con otros de otra familia… Los pocos conflictos de los que tuve noticia eran, generalmente por el usufructo de los terrenos de pastoreo o por el derecho sobre algún animal cimarrón, pero siempre se resolvieron con el Lonco como mediador y juez y su veredicto siempre fue acatado sin discusión.

Al parecer, los asentamientos se habían empezado a originar un par de siglos antes cuando una tribu o un clan familiar, misteriosamente, decidió dejar la vida nómade y experimentar la agricultura, y fueron construyendo una organización fuertemente colectiva pero sin que sus individuos debieran someterse a penosos esfuerzos en beneficio de un grupo reducido: creo que las palabras pobreza o riqueza no existían en el idioma de esta gente. Hubo momentos  en los que la comunidad se vio casi desbordada por algunas oleadas migrantes, algunos se acomodaron a la vida sedentaria, pero muchos no lo lograron y, después de un tiempo, tomaron otro rumbo; pero nunca fueron presa de algún intento de saqueo por parte de otras tribus: estaban protegidos por un místico halo de fraternidad que hacía que cualquiera que conociese su existencia supiera que que podía contar con su auxilio si, en algún momento, llegaba a necesitar cobijo.

15. UNA ESCUELA ANORMAL

Después de este relevamiento, me encontraba con un día libre, antes de la reunión pactada con la comunidad, para organizar el servicio de la escuela. El panorama institucional no era muy halagüeño: mi escuela era un humilde salón sin siquiera un mástil (lo cual, tampoco era lo más fatal, porque tampoco había bandera), sin insumos como pizarrón y tizas, pizarras individuales, cuadernos y lápices, ni libros de texto (salvo uno de filosofía que descartaba que pudiera llegar a despertar algún interés a un niño)… 

Lo que más me preocupaba era la casi nula comunicación con el exterior: no había una estafeta donde recibir y despachar correspondencia, por lo cual, no podría mandar ni recibir información del Consejo de Educación, ¡ni mi sueldo!... Pero el ambiente comunitario me mantuvo optimista –tal vez intuí que no sería el único maestro a quien le adeudaran sus sueldos en el Chubut, y mis anfitriones se preocupaban de que no me pase ninguna necesidad básica-. 

Me aboqué concentré, entonces, en organizar grupos y horarios de clase, ya que tendría unos cien niños para atender… Decidí hacer dos grupos: los mayores, de diez a 15 años vendrían a la mañana, y, después de almuerzo y hasta las 5, atendería a los más chicos, de seis a 9 años…

A la tarde, Aihuín me invitó a dar un paseo por uno de los tantos cañadones que desembocan en el valle, ensillamos y salimos al trotecito… Básicamente, el paisaje constaba de un cauce seco y arenoso que, por momentos se ensanchaba hasta el kilómetro y en otros se reducía a la décima parte; y a ambos costados la barda rojiza que ya había visto en el último tramo de mi viaje, en los alrededores del Yastéc… Acá también la piedra tenía a veces el tallado barroco del viento y en otros, el corte recto del hacha de las diferencias térmicas en esas noches veraniegas sorpresivamente frías después de un día abrasador… El lecho seco y algunos tramos de las barrancas abundaban en piedras ovoides de una apariencia externa oscura, para nada atractiva, y, sin embargo, al partirlas mostraban una serie de capas concéntrica de cuarzo de distintos tonos y una belleza sin igual… La comunidad frecuentaba esos cañadones para cazar choiques o guanacos; nosotros volvimos contentos con un piche… Cerca de una legua para adentro, las rocas rojas parecían ser devoradas por mesetas suaves de colores pálidos ocres y verdes, incluso, se destacaba una lomada blanquecina que me interesó; hasta allí nos allegamos y comprobé que se trataba de arcilla con bastante sílex; me apeé y junté unos cuantos puñados para probar una idea que tenía en mente… Durante todo el tiempo sentí que éramos observados y constantemente escudriñaba las almenas y torreones naturales sin lograr divisar el brillo de una lanza, de un escudo o de una armadura medieval que la fantasía y el escenario  me sugerían… 

Cuando salimos del cañadón, antes de dirigirnos a las casas, Aihuín me invitó a cabalgar unos metros más pegados a las bardas hasta que dimos con una gruta natural de unos tres metros de alto en la entrada, por cerca de diez metros de ancho y no más de tres de profundidad; había sido habitada por algunos de los fundadores del poblamiento, quienes habían construido su pared frontal con más de medio metro de piedras apiladas y, de ahí hacia arriba, ramas de tamarisco entretejidas… Sobre la pared del fondo había varias pinturas que, vaya uno a saber cuándo y quién las habrá pintado; básicamente, eran cuadrados que, adentro encerraban otras líneas escalonadas como si fueran matras tejidas a telar… Era una de las reliquias de la comarca y siempre había alguien dispuesta a mantenerla en las condiciones de habitabilidad que le dieron los primeros moradores…

Cuando llegamos a la escuela le comenté a Aihuín mi idea de improvisar una pizarra pintando con la tierra blanca que había juntado una de las paredes interiores del salón de clases; mi compañero me proveyó enseguida de un cuenco donde disolver la tierra con agua y, mientras yo preparaba esta mezcla, me buscó un ala de avutarda que en las casas se usaba como plumero y a mí me serviría como brocha… logré pintar un rectángulo de alrededor de dos metros de ancho por uno de alto; ahora había que esperar que seque y, luego, utilizarla como friso escribiendo con carbón; claro que no se podría borrar, habría que repintarla frecuentemente, pero ya contaba con un recurso visual importante…

Al día siguiente los padres empezaron a llegar temprano (esta vez aumentó la presencia femenina), todos contentos de reencontrase, formaban pequeños grupos aquí y allá en conversaciones animadas… Con Aihuín,  Curiñanco y su familia recorríamos los grupos procurando que estuvieran cómodos… Don Meliñanco, ni bien se apeó vino directamente hacia mí para contarme que ya había recuperado el pedazo de hierro abandonado que yo le había indicado:

-¿Le hago un cuchillo madestro?

-No don Meli, tengo uno que todavía se defiende bien, por lo menos en los asados –respondí y soltamos la carcajada al unísono- Mejor lo aprovechamos para fabricar otras herramientas como hachas o asadas…

- ¡Tení razón madestro!, le voy a preguntar a Loncomilla qué hace falta…

Cuando calculamos que ya no llegaría nadie más, los invitamos a pasar al salón y tras el saludo y el agradecimiento por la recepción que había tenido en cada hogar, les conté mi plan de trabajo… Me habían estado escuchando en silencio pero después de que anuncié los horarios creo que se contuvieron hasta los pestañeos de mi audiencia… 

  • “Madestro… -dijo el lonco Millañanco al fin- no tenemos relós…”

  • …Aaaaahhh…¡claro, claro! –respondí con una sonrisa al percatarme de mi propia falta de ubicación- … Bueno… ¡no se preocupen!: a la mañana mandan a los niños mayores de diez años y a la tarde a los mayores de seis y hasta nueve año!...” 

Esta vez el silencio no fue tan absoluto, habían leves muecas de sonrisa en algunos rostros…  -“¡Bueno, más o menos, las edades! –alcancé a agregar antes de que alguien me replicara de que por estos lares la contabilidad del tiempo no es tan precisa-. 

Opté por compartirles los criterios que me obligaban a dividir la atención en dos grupos: la cantidad de niños y la diferencia de intereses y conductas en una franja etaria tan amplia… Hubo un movimiento bastante generalizado de cabezas que me hicieron saber que entendían y aprobaban la decisión, entonces busqué las listas que había confeccionado con cada grupo y se las leí para concretar la propuesta: todos estuvieron de acuerdo… 

Después hablamos de la importancia de la confianza mutua entre ellos, yo y sus hijos y de sostenerla con un diálogo permanente… Terminamos a media mañana pero a la gente le costaba irse, extendían los relatos sobre experiencias recientes, acordaban trueques o cacerías compartidas; empezaban a incluirme en los diálogos, a explicarme detalles y palabras nativas para que entendiera mejor de qué hablaban, me preguntaban si había tenido alguna experiencia parecida… Cuando por fin se despedían, varios me invitaron a que volviera a visitarlos pronto, que me llevarían de cacería o que me enseñaría a manejar el arco o las boleadoras, que disponían de comodidad para que me quedase a dormir… 

Almorzamos con Aihuín y la familia Curiñanco unas empanadas no fritas, sino asadas en el horno de barro, que tenían todos los sabores de aquella tierra… Luego me tiré a descansar un rato, aunque no dormí porque mi cabeza era un hervidero de dudas, temores e ideas para el día siguiente en que me encontraría, por primera vez, con mis alumnos… me levanté y preparé unos mates, cuando estuvieron listos, le hice una seña a Aihuín para que me acompañe… Nos sentamos en sendos troncos a la sombra de un sauce y mateamos en silencio… 

-Ta´nervioso che madestro –me soltó de repente… 

 -Un poco, Aihuín-

No agregó nada más, ya el hecho de que él lo supiera y me devolviera el mate con su mirada calma y esa sonrisa pequeña pero sentida me relajó un poco…

  • Vamo a ver qué dice leufú- Me dijo, cuando terminamos de matear

  • ¿Leufú?

  • ¡Ése! –respondió señalando el río que corría a unos doscientos metros…

Lo seguí hasta debajo de un sauzal en el que nos sentamos… Me di cuenta rápidamente que el río era el elemento más expresivo de todo el paisaje: lanzaba rumores en los remolinos de la curva donde estábamos sentados y, más abajo, se ensanchaba en un pedregal que lo rompía en mil brillos y carcajadas… Nos quedamos meditando allí hasta el atardecer, cuando nos incorporamos para volver vimos cómo el sol bajaba saludando a las lomas del otro lado, empezando por el morro del Yastéc: nos esperaba un hermoso día, según este presagio…

  1. 16. EMPIEZAN LAS CLASES

Este corto lapso de tiempo me había alcanzado para entender que la escuela no sería estrictamente como dice la ley: sin bandera, sin campana, sin papeles… pero me animaba la seguridad de que contaba con los insumos más importantes: mis ganas de enseñar y los niños y niñas que ya empezaban a llegar, la mayoría, a caballo y “enancados” hasta tres en el mismo animal; se apeaban, ataban las riendas a la rama de algún árbol o poste (porque el palenque no alcanzaba para todos), aflojaban la cincha y se acercaban hasta mí, despacio. Cuando yo los miraba, me alcanzaban la mano derecha para saludarme como adultos; más de uno acompañó el gesto con la frase ¡“mary-mary quinché”!...

-¡No! –le respondí a uno de ellos- Aihuín es quinché

- Vos, quinche huinca –me ratificó, inaugurando un nombre que poco a poco se iría haciendo de uso común en el resto de la población…

Estuvimos una media hora reconociéndonos porque ya habíamos tenido un contacto en los hogares. Cuando calculamos que ya no vendría nadie más, pensé que sería el momento de iniciar la jornada y advertí que tampoco teníamos campana… Lo usual erahubiera sido haberlos hecho formar de menor a mayor y separados por sexo, pero hallé más práctico que nos tomásemos de la mano formando una sola cadena que se uniera en sus extremos para quedar en círculo, y salió rápido y perfecto, todos podíamos vernos las caras y se notaba en todos la satisfacción de estar allí… Les di la bienvenida, y les prometí esforzarme para que el esfuerzo diario de llegar hasta la escuela les sirviera para ser mejores personas…

  • ¡ chaltumai! - me respondieron varios en agradecimiento… 

Los invité a pasar al salón y que se acomodaran en las bancas en torno a las mesas, quedaba despejada la pared que había blanqueado… Iba a empezar la historia y, como Fierro, pedí a los santos del cielo “que ayuden mi entendimiento”, porque no era fácil enseñar a leer, en un contexto donde no existía la escritura… Había reflexionado bastante la situación en los días previos, lo había charlado con Aihuín y pude advertir que, si bien no tenían escritura, sí sabían leer las señales de la naturaleza y sabían transmitir mensajes superando las distancias y el tiempo… Los niños vieron que en la pizarra había dibujado huellas de caballos, de pájaros, de gatos… y las reconocieron enseguida, y desde ahí fue bastante fácil enseñarles que también podemos dejar señales de los sonidos que componen las palabras… 

Empezamos por la palabra MAPU, porque consideré que era un vocablo de enorme valor para todos ellos. Hablamos sobre sus significados, sobre el vínculo de respeto que se debe tener con el espacio que habitamos y la importancia de cuidarlo…

Cuando hubimos agotado todos los significados de la palabra, les escribí la grafía en la pizarra, haciéndoles notar que se componía de cuatro sonidos… Después los animé a que intentaran escribir la palabra en la pizarra o en la tierra del piso y lo hicieron con entusiasmo y habilidad...

El bilingüismo, lejos de ser un obstáculo, por ahora multiplicaba las posibilidades de reflexión, no sólo de palabras sino también para entender la formalidad de las lenguas, sus similitudes y diferencias… Misteriosamente, la comunidad estaba familiarizada con otros idiomas europeos, como el francés, el galés y el inglés, además del español… Pero, ya era suficiente por hoy, todos necesitábamos un descanso por lo que decreté esa palabra tan esperada por cualquier estudiante: ¡recreo!.

En los siguientes días exploramos vocablos parecidos (por ejemplo, MATE) y los sonidos de sus nombres, comparando cantidad y variedad de sonidos… Y siempre reflexionando sobre los significados y el valor que cada palabra tiene personal y socialmente...

En el siguiente momento abordamos la numeración y esto fue más fácil aún porque todos los niños sabían contar un conjunto, en su idioma, claro, pero sólo era cuestión de traducir porque también agrupaban en forma decimal; no conocían el cero ya que nunca escribían las cifras pero sí la nada (“ñalai”): las nueve unidades, la decena (“marí”), la centena (“pataca”) y el millar (“warranca”) les había bastado desde el principio de los tiempos para contabilizar lo necesario… Decidí pasar al plano gráfico ese mismo día, al menos con este grupo de niños mayores de la mañana, y estuvimos practicando la escritura de los dígitos en la pizarra (sin superponer a las huellas que estaban dibujadas para aprovechar el mismo recurso con los niños del grupo de la tarde), en el piso que, por suerte, era de tierra y nos permitía hacer marcas con palitos a falta de lápiz…

Con el grupo de la tarde repetí, los mismos pasos aunque en la enseñanza de numeración no quise llegar aún al plano gráfico porque me parecía necesario que vivenciaran las distintas cantidades de manera más concreta, así que salimos a contar personas, animales, árboles y… ¡piedritas!... particularmente, este fue el recurso más potente porque sirvió para que me mostraran el juego de la payana en el que eran muy diestros y que servía muy bien a mis propósitos didácticos… Además, me interesaba marcar alguna diferencia de conocimientos a favor de los mayores que sostuviera el principio de autoridad sobre los más chicos basada en el saber. En poco tiempo estuvimos trabajando las cuatro operaciones en el turno mañana, mientras que a la tarde avanzábamos sin prisa por el campo numérico y siempre muy respaldados en el plano concreto. 

También con los mayores empecé a incursionar en las Ciencias Naturales, de acuerdo a los intereses que aparecían: ese verano exploramos bastante el río, los que sabían nadar enseñaron a los que no, experimentamos el fenómeno de flotación lo que derivó en sencillas balsas de troncos y pequeñas canoas de cuero; el segundo año pudimos fabricar unas norias rudimentarias que facilitaron un poco el riego de las quintas. También, desde el principio construimos dos gnomons próximos a la escuela en el que fueron apreciando el movimiento de la tierra respecto al sol durante el día y el año; para el tercer año ya pudieron precisar el solsticio de invierno que marca para la comunidad el inicio del nuevo año (we trypantu) y cambio de las estaciones… En el segundo año de trabajo empezamos a relevar objetos de la historia social y natural que había en la zona y a informarla a la comunidad en reuniones festivas para que, a falta de papel donde registrar esos datos, se grabara en la memoria de todos… Otro de los temas de exploración fue el viento y logramos construir algunos molinos algo frágiles de estructura de madera y hélices de cueros secos y transformar su movimiento en el trabajo de prensas que producían jugo de frutas…

SIGO APRENDIENDO

Los recreos jugaban un papel importante en la labor educativan: payana, carreras, cinchadas, prácticas de palín, prácticas de esgrima gaucho (“vistiar”, decían ellos) con palos que simulaban cuchillos, a “cuidar el campo” con huesitos que simulaban los animales… La práctica de palín se consolidó a tal punto que se podían formar hasta cuatro equipos y jugar un torneo de vez en cuando y, supe, años más tarde, que un equipo de jóvenes solía bajar hasta la colonia para jugar con los galensos del Club Social Bryn Pennal… En los recreos también afloraban conflictos típicos de la infancia que los propios niños resolvían con pruebas de fuerza física como correr, lanzar una vara o piedra lo más lejos posible o acertando a algún blanco, o, luchando hasta lograr derribar al contrincante;  Aihuín me había enseñado a ser respetuoso de estos modos y sólo interveníamos cuando las cosa no se  solucionaba con un par de revolcadas; entonces escuchábamos por separados los reclamos de cada parte y mediábamos… 

Al principio, cuando aún me quedaban algunos resabios normalistas en mi práctica, intenté enseñarles algunos rudimentos de civismo, hablándoles de los símbolos nacionales, de los próceres… El primer 25 de Mayo les hablé de la gesta que llevó a la constitución del primer gobierno criollo y sentí que me escuchaban con respeto pero sin nada de interés… A la tarde, cuando quedamos solos y nos tomábamos unos mates, Aihuín me dijo:

  • Nosotros quisimos ayudar cuando vinieron los ingleses… 

  • ¿Ustedes?... ¿quiénes?

  • ¡mapuches! –me respondió con un énfasis inusual en su expresión-… Después quemamos la estancia del rey… dispué le dimos caballos a San Martín…

Lo miré con expresión inquisidora pero ya su vista se había clavado en la distancia del recuerdo y yo sabía que no volvería a hablar del tema.

De todos modos, la organización por turnos se rompió en el primer otoño cuando el rigor del clima empezó a dificultar la concurrencia diaria… Entonces, resolvimos con las familias en principio, la concurrencia de todos en un solo turno que iniciaba a media mañana, incluía un almuerzo donde compartíamos la vianda que cada grupo de hermanos traía y luego se extendía un par de horas… El espacio de trabajo era escaso, pero los chicos colaboraban esperando con paciencia que los atendiese y los mayores más de una vez se convertían en tutores de los menores cuando no tenían actividades propias… Cuando ya el invierno se hizo presente, cortamos las actividades y me dediqué a recorrer los hogares con un sistema domiciliario ambulante.

Hacia el segundo año, la carencia de papel y de libros se tornó un obstáculo importante en el desarrollo del aprendizaje de la lectoescritura que sorteamos a medias con mucho esfuerzo e imaginación. Pudimos escribir algunas producciones interesantes como anécdotas, saberes, leyendas, y hasta algunos cuentos y poesías, en cueros  de guanaco y con rudimentarios lápices de grasa y carbón que fabricamos; y así también pudimos disponer de textos de lectura que circularon entre las familias alfabetizando a otros miembros adultos que tuvieran interés en aprender a leer y escribir, convirtiéndose los hijos en sus maestros… En los largos inviernos del tercer y cuarto año, solían reunirse varias familias a compartir el almuerzo en la escuela y, luego, una tertulia donde se leía, recitaba y cantaba… fue entonces cuando descubrimos otro recurso insospechado.

18. CONVERSACIONES CON ROUSSEAU

Casi por casualidad, los niños vieron que guardaba en mi vieja maleta un libro al que había descartado desde un principio como recurso de lectura, por tratarse de una temática filosófico política que, pensaba, les resultaría aún más aburrida que a mí. Se trataba de un ejemplar del “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”, de Juan Jacobo Rousseau que me obsequió un funcionario del Consejo cuando me designó para venir a trabajar a esta escuela… 

  • Le va a servir para entender un poco a aquella gente–me dijo al entregármelo. 

En principio, después del hallazgo, me sirvió para mostrarles el formato de un libro, hablarles sobre el autor y su tierra europea (lo cual suscitó una interesante reacción que relataré en el siguiente capítulo). Cuando ya creía agotada su utilidad didáctica, Quillén, una inquieta alumna me dijo: 

  • quiero leer, Quinchehuinca… - Se lo alcancé y empezó a leer la introducción en voz alta:

“Voy a hablar del hombre, y el asunto que examino me indica que voy a hablar a los hombres…”

  • ¿Por qué sólo para los hombres? – interrumpió enseguida Calfurayén, otra de las niñas, digna hija de su estirpe, que no aceptaba las cosas resignadamente

Y aquí ya se armó una discusión que fue presagio de la intensa y prolongada reflexión que nos provocó la obra durante varios meses (y que volvía a surgir de tanto en tanto)…

Acordamos una lectura analítica por fragmentos cada diez días, durante los cuales discutíamos sobre las afirmaciones del filósofo, empezando por las diferencias “naturales” que nos hacen únicos y, por ende, valiosos, hasta las diferencias sociales que son impuestas y producto de la apariencia, los prejuicios y la envidia y que terminan convirtiéndose en desigualdades e injusticias que privilegian a unos sobre otros… 

Un fragmento que no admitió objeciones fue el referido a la “piedad”: lo leímos tantas veces que algunos llegaron a memorizarlo y se convirtió en un criterio importante para juzgar los actos cada vez que se producía un conflicto entre ellos mismos; siguiendo a Rousseau, y su hipótesis de que de la piedad “se derivan todas las virtudes sociales”, elaboramos listas de acciones amistosas o generosas para poner en práctica ya sea, dentro del grupo escolar como en el familiar o en el comunitario…

En general, se sentían muy reflejados en los pasajes donde se describe la vida “salvaje” o “natural” y habitantes de una comunidad de “iguales”, donde no había lugar para la avaricia, ni la rivalidad, ni los celos, ni el desprecio, ni la esclavización de ninguno de sus miembros… 

En cambio, no acordaban con el filósofo en el concepto de propiedad de la tierra porque consideraban que todo era de “ñuque mapu”, la madre tierra que se tiende mansa para que la habitemos y nos proveamos de ella como quien sirve una mesa para agasajar a un grupo de invitados: todos los comensales pueden saciarse sin arrebatarles la comida a otros… Terminamos concluyendo que, si una comunidad es piadosa, nadie puede constituirse como dueño absoluto de algo –y, menos aún- de la tierra; pero, también, después de mucho tiempo de abordar el tema de la “propiedad privada”, debimos incorporar un concepto que no aparece explícito en el libro (aunque Rousseau respondería que es un derivado del sentimiento de piedad): la solidaridad… La pronunciación de la palabra les costó un poco y les causaba gracia su sonoridad, pero entendieron de inmediato el concepto cuando vimos cuántos insumos se amalgaman para la construcción una vivienda y la convierten en un “sólido”… También fue interesante el parecido que le encontraron con la palabra “soledad” que, sin embargo, entendían que era todo lo contrario conceptualmente…

En cuanto a mí, y, tal como lo supuso quien me lo obsequió, el libro me sirvió para entender más cabalmente la dinámica de la aldea y las profundas convicciones humanas que sustentaban sus costumbres… Por momentos me reprochaba no haberlo leído antes, pero luego recordaba las discusiones que suscitaba en el aula y comprendía que nunca hubiera llegado a disfrutarlo y entenderlo sin los aportes de los alumnos. Pero en esta interacción con el autor y la realidad de Paso de las Martinetas entendí también que hay una salida alternativa a la dicotomía que presenta Rousseau entre el salvaje (instintivo, inocente y libre) y el ciudadano (racional, vicioso y dependiente): cuando las personas evolucionan y se apropian del espacio y de los artefactos que desarrollan pero sin permitir que éstos, a su vez, los sometan. 

19. UN MISTERIOSO FRANCÉS

Cuando les conté que Rousseau había nacido en Ginebra (Suiza), pero que vivió la mayor parte de su vida en Francia, una de las niñas me interrumpió para decir:

-¡Igual que el Toki Aurelio! - a lo que varios asintieron.

- ¿Quién es?- Pregunté sorprendido

-Un huinca que vino de lafquenmapu - respondió señalando al Oeste. Otros niños volvieron a asentir pero nadie agregó nada más, produciéndose un silencio que, sumado al semblante evasivo y serio de Aihuín, me indicaba que había dado en un tema delicado… 

Cuando terminamos las clases de ese día, pude sonsacarle a Aihuín unos pocos datos del misterioso francés.

Parece que el hombre llegó a Chile y se internó en territorio indígena convenciendo a varios caciques de fundar un reino de Araucanía y Patagonia, con él como rey. Desde allí cruzaron la cordillera sumando adhesiones de varias tribus.

El movimiento independentista creció bastante pero el rey terminó apresado en Chile y deportado a su país.

Aihuín me contó el suceso de manera casi tan resumida como lo hago yo, con frases cortas y sentidas denotando una gran decepción porque no se haya alcanzado el cometido  de fundar un reino independiente.  Por un breve tiempo, alguien había logrado unir varias tribus y reclamar la potestad de los nativos sobre estas tierras del sur, pero, por otro lado, esta llamarada independentista encendió una alarma en las naciones afectadas (Argentina y Chile), cuyas consecuencias pronto se sentirían hasta en la mansa comunidad del Paso de las Martinetas.

20. EXCURSIÓN A LA COLONIA

Para el segundo año de estancia en la comarca me encontraba ya tan integrado a la comunidad que los más jóvenes me invitaban para que los acompañe en sus cacerías y también me habían enseñado a jugar al palín. En una de las primaveras los mayores decidieron que era necesario viajar a la colonia galesa para hacer unas cuantos intercambios y fui invitado a integrar la comitiva.

Una madrugada todavía  algo fresca, nos pusimos en camino formando un contingente de unas treinta personas encabezadas por el lonco Meliñanco. Vadeamos el río en el Paso y, durante las primeras horas seguimos en la misma dirección Este, por el último tramo de mi trayecto al llegar a la comarca. Pero después de unas leguas, doblamos hacia el sureste y seguimos los cañadones hasta desembocar en un nuevo valle donde el río nos esperaba después de haber hecho una gran curva hacia su destino final. 

Como en nuestra morada, este valle también mostraba un paisaje dominado por antiguas cordilleras que, que el tiempo había desgastado y cincelado con maestría barroca.

Cuando bajamos cerca del río divisamos un pequeño caserío entre los sauces y los mimbres, Meliñanco me contó que se trataba de una misión cristiana que hace unos años había emprendido un sacerdote. Ya era de tardecita por lo que acampamos allí.  Al día siguiente me presentaron al Padre Vivaldi, que era el cura impulsor de la Misión: un italiano efusivo que matizaba expresiones de entusiasmo por su proyectos, con protestas contra el Vaticano por su falta de apoyo y lamentos por el nulo interés de los aborígenes. Junto a dos ayudantes (también italianos), habían construído una pintoresca capillita de piedra toba y una viviendas de adobe para ellos y los residentes locales que, esperaban, se sumarían… El sacerdote no contaba con el espíritu libre de los mapuches que son respetuosos de todo aquel que llegara en son de paz, pero no aceptan que les impongan condiciones de vida en su propia tierra.

Seguimos camino al Este, guiados por el río al que vadeamos a pocos metros de la Misión, porque el lado Sur era más espacioso, mientras que en Norte, se enangostaba al extremo en algunos tramos. Al cuarto día llegamos a un sector en el que volvimos a vadear hacia el norte y nos encontramos en un paraje que se notaba harto transitado: rastrilladas provenientes de distintos puntos y plumas de avestruz dispersas en el sector los evidenciaban. Mis amigos me informaron que ese era un alto obligado para cualquier expedición por dos motivos: porque era un lugar sagrado y, porque en ese sector  la huella se separaba del río. En efecto, me mostraron que el el lugar abundaban grandes trozos de basalto que se habían desprendido de la barda circundante con símbolos geométricos que alguna civilización inmemorial les había tallado, por lo cual, los nativos lo veneraban y utilizaban para la práctica de sus rogativas. En cuanto a la bifurcación del camino respecto al río, se debía a que, en el mismo sector, éste hacia una curva hacia el sur que luego rectificaba unas 20 leguas abajo, por lo cual, lo usual era no seguir el cauce, sino en línea recta hacia el este, hasta confluir nuevamente con su cauce.

Aunque arribamos al sitio al mediodía y podríamos haber continuado cabalgando varias horas, acampamos allí ese día mis amigos aprovecharon para hacer ofrendas y rogativas a Gnenechén o Futachao, creador y administrador de toda la Mapu, según las creencias de la tribu. 

A la mañana siguiente continuamos la marcha trepando la cuesta rocosa hasta llegar a la meseta que se abrió ante nosotros, inconmensurable y misteriosa, como siempre. “La travesía”, (como me contaría un galenso en los próximos días que llamaban a esa parte del trayecto), era un tramo de más de veinte leguas que se superaba en unos cuatro días de marcha signados por la falta de agua, por lo que había que proveerse convenientemente de ese elemento antes de partir. Mis compañeros lo sabían por eso llevaban varios recipientes hechos con cuero de oveja que llenaron en el río. Los caballos fueron abrevando en algunas lagunas aluvionales que encontramos. Normalmente, entiendo que debía tratarse de un trayecto muy penoso porque la altura y la ausencia del reparo natural del valle hacen más potentes las inclemencias climáticas como el calor diario, el frío nocturno o el viento omnipresente; pero la algarabía que imperaba en el grupo, tanto ahora como en el retorno, hicieron que los días de travesía pasaran rápido.  

21. HERMANOS DEL DESIERTO

Un mediodía por fin empezamos a divisar los humitos y arboledas de la Colonia y empezamos a bajar lentamente hacia el valle hasta un claro ubicado entre Gaiman y Dolavon, cerca de una chacra que los galeses llamaban Hyde Park. Empezábamos a desensillar cuando ya llegaron los primeros colonos a saludarnos: de uno y otro lado la alegría del reencuentro era evidente y era asombroso escuchar cómo dominaban el galés los nativos y, por su parte, los extranjeros conocían bastante el mapuzungún: “peñí”, “ffrind” y “brawdd” se mezclaba entre el humo del asado, el aroma de la yerba del mate compartido y los vahos de trigo y alfalfa que llegaban de las chacras. No obstante, si bien siempre fui tratado con amabilidad, no pude dejar de percibir un leve recelo cuando los colonos percibían mi identidad latina…

Pasamos algo así como una semana en la colonia, intercambiando productos y compartiendo cacerías y rondas de fogones embelesados por el rayo de luna que atravesada el agujero de la piedra encantada de Gaiman. 

No faltaron un par de encuentros deportivos de un juego que mezclaban el palín ancestral de los mapuches con un deporte inglés llamado fútbol que empezaba a ser conocido por los gringos… Las contiendas se disputaban en el predio de Bryn Pennal, donde se enfrentaban equipos espontáneos que mezclaban integrantes de ambos orígenes para evitar antagonismos que perduren más allá del cotejo…

Cuando emprendimos el regreso varios galensos nos acompañaron unas leguas  y la comitiva regresaba jubilosa por las experiencias compartida en el valle. Meliñanco me contó de la satisfacción que muchas tribus habían tenido con el asentamiento galés: era un centro de comercio más cercano que Patagones y también más justo en la cotización de los productos; de todos modos, algunos grupos seguían visitando Patagones porque los galeses se negaban a venderles alcohol, pero esta abstinencia no era problema para su tribu. Pero, más allá de la conveniencia mutua de la relación, era evidente que colonos y nativos compartían un misterioso pasado común (tal vez fuera la opresión que ya había expulsado a los primeros de la tierra natal y amenazaba con igual suerte a los locales).

Después de La Travesía, bajamos al valle para volver a cumplir con las rogativas en el lugar de las piedras sagradas y luego volvimos a vadear el río para separarnos de él en una cortada hacia el noroeste, por entre los valles y cañadones (que alguna vez fueron cauces de ríos y arroyos) y que nos llevaron directo a nuestra comarca.

Como el resto de mis compañeros de aventura yo también volvía rememorando todo lo vivido… La patagonia seguía sorprendiéndome, ya no sólo por su extensión, sino por la variedad de escenarios naturales y humanos, por los contrastes de esa variedad y, a la vez, por la armonía imperante en todo ese colage, que permitía que la vida fluyera en paz...

22. INCHÉ FOYÉN 

Cada invierno recorría la comarca hasta cuatro veces, quedándome en cada hogar un par de días en los que no sólo me avocaba al servicio educativo sino que participaba de cuanta actividad me invitaban sus demás miembros… Así aprendí a usar el lazo y las boleadoras en medio de las carcajadas de mis ocasionales maestros por mi torpeza inicial, algo de curtiembre y de soguería, la lectura de huellas y de los cambios climáticos que se avecinaban… Todo me compartieron: sus rituales funerarios y sus camarucos… Y también conocí el amor en la piel de Calfunguelén

Una mañana helada de agosto llegué a su casa con la escarchilla clavándome agujas en la mano que llevaba la rienda, y ella, la única doncella del clan,  salió a recibirme con un mate espumoso… Entonces vi al sol salir por esa sonrisa derritiéndome hasta hacerme etéreo por un momento… Sorbí la infusión mirándome en su mirada profunda y calma… en sus ojos se juntaban el lucero del alba y la estrella que empuja la noche, pero yo sólo vi el lucero…  Le devolví el mate y la sonrisa, y giró rumbo a la casa balanceando su larga cabellera trenzada como una potranca cimarrona... Y yo la seguí mansamente, sintiendo que me había acoyarado para el resto de la vida… 

Cuando caía el sol de ese día único, la vi con intenciones de ir a buscar agua al río acomodándose un cántaro de arcilla a cada lado de su cintura y me ofrecí para ayudarla, recibiendo otra vez su sonrisa por respuesta… Estábamos en el trámite de llenar los recipientes cuando me dijo, señalando las bardas de enfrente: 

  • ¡Mirá Quinchehuinca: futa quiyén!... 

Por el lomo del Yastéc empezaba a treparse una luna enorme y rosada… Me senté un una pequeña barranca a ver el espectáculo que, para ser más grandioso, se duplicaba en el río, y Calfunguelén se sentó a mi lado para completar ese cuadro celestial en cuyo centro me sentía… No sé cuánto duró ese embeleso en el que sólo escuchaba la risa y los cuchicheos del río que pasaba mirándonos, y el galope desbocado de mi corazón… Por un costado apareció  uno de los perros viejos de la casa, y se fue sobre su ama buscando caricias… Lo que logró el animal fue que Calfunguelén se pegara cada vez más a mi cuerpo con la excusa de sacárselo de encima, y al minuto siguiente estaba en mis brazos esperando ese beso que sería la flor más temprana de aquella primavera inolvidable…

Nos acomodamos en una de las piecitas del hogar materno armando el lecho sobre mullidos cueros de oveja… No teníamos más posesión que esa pero tampoco necesitábamos más… Cuando comenzaban las clases salía todas las mañanas temprano para la escuela y regresaba a la tarde con alguna anécdota para compartir, un ramillete de botón de oro en la mano y la alegría del reencuentro renovando el ritual de la mateada vespertina…

Pero la vida se empeñaba en darnos más: ¡poco después de un año de convivencia me hizo tocar su vientre donde empezaba a crecer la esencia de los dos!, era imposible ser más felices, la vida se llenaba de calandrias cantoras, de botón de oro aromando nuestras respiraciones, (a veces agitadas de pasión y otras, calmas de éxtasis)… 

Cuando llegó el invierno y me preparé para iniciar el servicio ambulante. Veía en sus ojos una súplica para que no la deje pero mi sentido del deber pudo más y regresaba cada dos o tres días, antes de visitar la siguiente familia, con la esperanza de que el nacimiento coincidiera con mi presencia en el hogar; cuando me iba su mirada de doble lucero intentaba sujetarme otra vez, y, en cada regreso, sentía que el corazón quería adelantarse para saber si me aguardaba la sorpresa de nuestro retoño brillando con el sol como su madre… 

Esa tardecita hice el último tramo casi al galope… Ella no salió a recibirme, ni siquiera se asomó al dintel de la puerta con su sonrisa de sol de primavera, y los perros aullaban… Atravesé la casa cruzándome con una de sus hermanas que me miró con tristeza, algo andaba mal… Llegué hasta la pieza y allí, apenas visible entre las nubes del dolor se percibía el leve resplandor de la estrella azul de mi vida: la noche anterior, después de un trabajo de parto agotador, había dado a luz a nuestro hijo quien murió al poco rato por el sufrimiento del parto… Sintió mi presencia, entreabrió sus ojos y, sin mirarme –ya nunca volverían a iluminarme sus luceros- me dijo: “se cansó de esperarte y se fue”.

Seguimos juntos un tiempo más por pura inercia…Una tarde, cuando volví de la escuela vi de lejos que estaba sentada en la barranquita donde dos años antes nos habíamos besado por primera vez; até el caballo y, sin siquiera desensillar fui a sentarme a su lado… Sus ojos fijos en el río también dejaban correr el agua salobre de su alma… Ahora eran los ojos de la estrella vespertina... 

  • Ya aprendí todo lo que podías enseñarme, Quinchehuinca– me dijo… y entendí que debía irme… 

Ajusté la cincha del caballo y volví hacia mi antigua residencia… Aihuín me vio llegar al tranco cansino del animal y no hicieron falta explicaciones…

23. UNA SEÑAL DE LO ALTO

Me aferré a la rutina de enseñar (tres cosas mortales para un maestro: rutinizar su tarea, enseñar y no aprender, y aferrarse a eso como si no hubiera otra cosa importante en su vida)... Además de no lograr apaciguar la tristeza que me habitaba, empecé a darme cuenta que mi misión educativa ya estaba tocando su fin… Estaba listo para irme, sólo que no sabía adónde….

Cada tarde, después de atender a los niños, me escapaba a los cañadones… Parecía que en medio del silencio de esas moles milenarias podía sentir mejor el dolor que era lo único que me quedaba de aquella hermosa primavera…

El viejo Yastéc solía contemplar silente mi melancolía cuando caminaba por sus faldeos. A veces para sentarme en alguna piedra, contemplar el valle y oír el eco de la comarca. Otras veces  mi presencia coincidía con la de la machi Epul y entonces la ayudaba en la recolección de sus yuyos sanadores con la esperanza de sanarme yo también. 

Una tarde rumbeé para mi cañadón favorito, que empezaba con un cerro rojizo con forma de cabeza de león ubicado en la portada del cordón rocoso,  como una esfinge para atemorizar a los viajeros, como una advertencia de que me adentraba en un territorio más mágico aún que el resto… Me detuve con la sensación de que la esfinge iba a preguntarme algo, pero no logré escuchar nada, aunque, como siempre que ingresaba allí, tuve otra vez la sensación de no estar solo, de que, desde alguna de esas moles, alguien me vigilaba… Seguí unas centenas de metros al tranco de mi caballo… 

Detrás de la esfinge se alzaba una barda aún más imponente y color más claro. Parecía una catedral de tres pisos de caliza y sedimentos, separados por una capa delgada y oscura de basaltos. Sobre el último piso todavía se erigían tres cúpulas frontales. Cada piso era de menor superficie que el inferior por lo que aparecían como terrazas, y, en sus paredes de caliza, a intervalos bastante constantes mostraba socavones verticales cual si fueran puertas o ventanas góticas… 

Volví a sujetar el tranco para escuchar algo… No me hubiera sorprendido para nada el tañido de campanas o las voces de un coro gregoriano, dado el escenario… Pero no fue una campana lo que sonó sino el alarido desesperado de un hombre cayendo y, casi en simultáneo, su cuerpo golpeando un par de veces contra las rocas hasta llegar al mismísimo nivel donde me encontraba…

24. ¡TEMPLARIOS EN LA PATAGONIA!

Unos cincuenta metros a mi derecha el viento jugaba con el ropaje blanco y amplio de un cuerpo que yacía entre las ramas de un molle… Cuando me repuse del susto galopeé hasta el lugar, bajé de un salto y saqué, con bastante esfuerzo, el cuerpo de entre las ramas espinosas del monte… Era un hombre blanco, entrado en años, barbado, cubierto con una larga túnica...  Estaba inconsciente  y presentaba no sólo las contusiones tremendas de la caída sino también las heridas provocadas por el arbusto, una de cuyas ramas se había clavado en su vientre… Se veía tan mal que empecé a pedir auxilio a los gritos que se multiplicaban con el eco del cañadón… Busqué la cantimplora de cuero que llevaba atada al recado y corrí a lavar las heridas del infortunado, y estaba en este trámite cuando llegó corriendo alguien más:

  • Genelét! ¿Qué te ha pasado? ¡Tranquilo, te lavaré con agua del Cáliz y te pondrás bien! 

El que hablaba hincado junto a mi era otro hombre blanco, barbado y vestido también con una túnica, como el accidentado… Creo que me desmayé…

Cuando recobré el sentido estaba en un lugar cerrado… era una gruta, pero muy bien iluminada… 

  • ¿Dónde estoy?

  • Bienvenido a mi morada, maese Duflós, soy Horace de Valois, caballero del Temple, para servirlo – me respondió, con un marcado acento europeo, el hombre que había aparecido a mi lado antes de desmayarme- bebe un poco de agua que te sentirás mejor –agregó, alcanzándome un vaso de cerámica con agua fresca que me espabiló un poco-… 

  • ¿Usted me conoce?... 

  • Estimado, todo lo importante que ocurre en el valle me es rápidamente informado...

  • ¿Y su compañero? – pude balbucear todavía muy confundido

  • Que en paz descanse el pobre Genelét –dijo persignándose-

  • ¿Murió?

  • ¡Si, mi amigo, no podíamos esperar que fuera eterno! Cayó desde muy alto, estaba lleno de heridas y no quiso que lo curara con agua del Cáliz…

  • ¿Agua del cáliz?

  • Si, maestro, somos guardianes del Santo Grial, la copa que usó Nuestro Señor Jesucristo – dijo,  al tiempo que se persignó – en la Última Cena… 

  • ¡¡¡El Santo Grial aquí!!!!

  • ¡Aquí!, en el centro mismo de la Patagonia y sin necesidad de ninguna esfera móvil en el extremo de un largo hilo que indique a esotéricos insomnes su escondrijo… Seguramente, no entiendes nada –continuó diciéndome-, ya te iré explicando todo despacio… Ahora, ¿por qué no me ayudas a sepultar al bueno de Genelét?...

25. DESCANSA EN PAZ, GENELÉT

Me incorporé despacio, miré la enorme gruta en derredor y seguía sin poder creer lo que veía y lo que pasaba, salimos al exterior por un pasillo excavado en la roca que daba a una vereda de unos dos metros de ancho sobre el tercer nivel de la barda que me tenía obsesionado, de allí para arriba, por unos cincuenta metros, se erigían las tres cúpulas, y, allá abajo, a una distancia similar, estaban mi caballo y el cuerpo sin vida del templario (su túnica se veía menos blanca por el revolcón y la cruz roja que adornaba su pecho se perdía entre las manchas de sangre del infortunado)… La vereda se mantenía horizontal por una decena de metros con una leve pendiente hacia el vacío, y luego se trocaba por una escalinata disimulada entre los enormes peñascos desprendidos y unos matorrales… Cavamos la fosa a unos metros de donde Genelét había caído y lo sepultamos con sus ornamentos de soldado, luego bajamos una reja y una cruz.

  - El Temple tiene todo previsto –me dijo Horace, socarronamente. 

La cruz no estaba hecha al azar: se componía de cuatro triángulos concéntricos igual a la que los dos guardianes tenían bordadas de rojo en el pecho de la túnica, e igual a aquella que vi esculpida en la roca cuando subimos con la tropa de carros a Somuncurá…

- ¡Ah, sí! – me dijo, cuando le comenté sobre la roca- la esculpió el viejo Percival hace siglos cuando arribó el primer contingente de la Orden… Con ella puedes orientar perfectamente los puntos cardinales así como la entrada exacta al invierno - lo cual, para sumar a mi asombro, concordaba con la explicación que me había dado Pedrito...

Colocamos la reja en torno a la tumba y la cruz en su cabecera… 

-¡Casi me olvido! – exclamó Horace y volvió a subir rápido a la gruta… 

Unos minutos después bajó con una placa que parecía ser de alpaca con los datos del difunto, pero que incluía la frase “descansa en paz, esposo mío” escrita en francés.

- ¿No se supone que era un monje? –le comenté a Horace-

- Por supuesto, y te puedo asegurar que llevó siempre una vida célibe – me respondió con un aire respetuoso, para luego agregar más relajado: -pero a Genelét le gustaba reírse de sí mismo y había mandado hacer esta placa para su tumba, argumentando que quería que la posteridad pensara que alguien lo había amado alguna vez… 

Horace hizo una extensa oración y después de un silencio igual de extenso me dijo:

- Amigo, subamos a cenar y tal vez pueda aclararte un poco todo esto… 

Horace tenía una cara redonda y rosada, en la que destacaban los ojos claros que no terminaban de decidirse por el celeste o el verde, en medio de grandes órbitas que los hacían parecer algo tristes o cansados;  su pelo levemente ondulado mostraba una frente amplia… Su semblante era serio pero propenso a la sonrisa amable y a la carcajada (especialmente, si se trataba de reírse de sí mismo). En definitiva, un rostro que inspiraba confianza, y yo no me encontraba con ánimo para contradecirlo, así es que lo seguí…

26. LA GRUTA DE LAS REVELACIONES

Adentro. la temperatura era agradable (aunque no veía ninguna fuente de calefacción)… Nos ubicamos en el extremo de una larga mesa provista de una docena de sillas… Horace acercó fuentes con asado fiambre de corderito, una tabla con queso, jamón y salamín y una jarra de porcelana repleta de vino… Debió haber leído otra vez el asombro en mi rostro y me explicó que todo lo producían los dos guardias allí adentro.

  • ¿Cómo es posible?, ¿de dónde sale la luz?

  • Es la Luz del Santo Grial, que ilumina y abriga todo, y tenemos espacios de aquí hasta Fuerte Argenta comunicados por pasadizos que hemos ido abriendo durante siglos, donde cultivamos, y cuidamos pequeños rebaños y algunas vacas lecheras …¡ah!, y caballos, por supuesto, que, de poco vale un templario sin caballo y en la Patagonia…

  • ¿Cuánto hace que vivís acá?

  • Estoy finalizando mi guardia de nueve años, ya pronto me vendrán a relevar…

  • ¿Por qué nueve años?

  • Uno por cada Caballero fundador de la Orden

  • Y no podés quedarte más tiempo?

  • ¡Por supuesto!, Genelét, por ejemplo, era un enamorado de esta tierra, tanto que ya iba por su tercer guardia consecutiva, y ahí lo tienes, yaciendo en las entrañas de su amor para que engendre en su cuerpo descompuesto todo el nutriente que volverá lentamente en jarilla, molle y botón de oro… ¡Ay, querido Genelét, por qué no aceptaste la Sanación Divina!... podrías estar aquí, con nosotros…

  • ¿Y dónde está tu famoso Cáliz?

  • Lo tuviste en las manos cuando despertaste del desmayo y te ofrecí agua, ¿recuerdas?...

  • ¡Pero eso era un vaso de cerámica!

  • ¿Y qué vajilla crees que dispondría el hijo de un humilde carpintero de un pueblo subyugado por los romanos?... Y sin embargo, ese humilde recipiente de arcilla fue el elegido por Dios para mostrarnos que el camino a la Vida Eterna consiste en dejar la sangre en la tierra… ¡Ésa es la auténtica sangre real!… No lo busques en Valencia porque está aquí, y, donde está ese Vaso, está el Paraíso… 

  • Y vos, ¿no te enamoraste de esta tierra?

  • Tanto o más que Genelét, pero, a diferencia de él, no me voy a pasar la vida mirándola con nostalgia desde una terraza hasta marearme y caer al vacío, ¡no, amigo!: yo ahora volveré a mi Valois natal y organizaré una expedición con todos los compatriotas que encuentre dispuestos a comenzar aquí una nueva vida en convivencia con los habitantes originarios… ¿A ti cómo te ha ido con esta gente? 

La pregunta parecía simple de responder pero a mi me provocó un torbellino de recuerdos y sensaciones que tardé en ordenar antes de comenzar mi relato…

27. TRAPALANDA

Le conté que estaba seguro de que había aprendido más de lo que había enseñado y que sentía que ya se habían agotado mis conocimientos para compartir con esta gente que me había incorporado como un igual a su comunidad… 

Le conté de tantas sorpresas que me dieron, como la existencia de los lifsches –los indios blancos-, o aquella vez que Aihuín me contó que habían estado en Buenos Aires durante la primer Invasión Inglesa y que habían atacado un fuerte español después de la Revolución de Mayo…

Horace soltó la carcajada: 

  • “¡Sí!, los mapuches le ofrecieron ayuda a Liniers, pero mi compatriota no la aceptó. De haberlo hecho, seguro que la Reconquista se hubiera logrado antes. En cuanto al Fuerte –me aclaró- , se refieren a una población española que se había asentado en la gran península un par de décadas antes; los indios estaban hartos de abastecerlos para que no se muriesen de hambre y a cambio recibían el desprecio y mal trato de siempre, por eso, cuando se enteraron de la revolución en Buenos Aires, no lo pensaron dos veces… 

También me confirmó cómo los nativos le proveyeron de caballos a San Martín cuando preparaba su ejército en Mendoza, tal como me había contado Aihuín… 

  • Respecto a los “lifsches” -me dijo- son productos de la vinculación con blancos que sobrevivieron a naufragios como el de la expedición del obispo de Plascencia... Son descendientes de los Césares – agregó y volvió a soltar la carcajada que retumbaba en la gruta...

  • ¿Los Césares? –repetí, pidiendo una aclaración que temía que fuese tan grandiosa y misteriosa como las anteriores- 

  • ¡Sí!, ¿no me digas que no has escuchado hablar de la Ciudad de los Césares, de Trapalanda?

Se me erizó la piel cuando escuché por segunda vez aquel nombre, recordando que la primera, había sido de boca de aquel payador malogrado antes de llegar a la última sílaba de ese nombre enigmático… 

  • ¡Es demasiado! –le respondí- : templarios, el Santo Grial, ¡ahora Trapalanda!... ¿Qué más oculta la Patagonia?... 

  • ¡jaja! Tienes razón, parece que cada vez que alguien quiere ocultar algo grande, piensa en esta región… Pero, tranquilo, no te asustes amigo, mañana te contaré más, ahora ¿qué tal si descansamos?... 

Mi cara no hizo necesario más asentimiento. 

  • Acompáñame que acondicionamos un aposento para ti –me dijo el francés dirigiéndose a un pasillo ubicado en uno de los laterales de la gruta.

El pasillo tenía a su vez, sobre una de sus paredes, socavadas, a partir del medio metro de altura, unas docenas de grutas pequeñas con bases lisas de unos dos metros de ancho por uno de profundidad y las tres paredes abovedadas a una altura máxima de un metro y medio; sobre la base había un cojín mullido y una manta… 

  • ¡Descansa mon ami, Dios velará tus sueños!... 

Pensé que no iba a poder pegar un ojo esa noche, procesando tantos datos y hechos increíbles, pero me equivoqué: una comodidad y un bienestar desconocido me embriagaron y dormí como no recordaba haberlo hecho nunca…

28. POR LAS ENTRAÑAS DE SOMUNCURÁ

Me despertó el canto siempre animado de una calandria que trinaba cerca (en el interior o en exterior de la gruta, ya comenzaba a darme igual porque, tanto en uno como en otro ambiente, las cosas empezaban a resultar fantásticas en igual medida)… Horace ya estaba levantado iniciando un mate en la misma mesa donde habíamos cenado…

  • ¡Buenos días Maese Duflos! Habéis descansado –dijo con cierta pompa 

  • ¡Buen día Horace!, la verdad es que descansé como nunca… Tal vez fue el vino… -dije sonriendo suavemente…

Horace dejó rodar su  primer sonora carcajada del día: 

  • Ha sido el vino, el agua, las sorpresas y sustos vividos y, quien sabe, tal vez el fin de una etapa…

  • ¿Vamos a empezar temprano con nuevas revelaciones? –le dije mientras recibía un mate…

Volvió a reír con entusiasmo: 

  • Ya veremos amigo, por ahora, compartamos este brebaje estimulante que es una buena síntesis de esta tierras: un poco de amargura a cambio de calor y energía en el alma -dijo recibiendo el mate- Después, si gustas, haremos una cabalgata de recorrida por otras grutas…

  • Como gustes –respondí sin demasiado entusiasmo pero con menos ganas aún de volver al valle… 

Había soltado mi caballo la noche anterior y, seguramente, ya habría regresado a la querencia, pero los templarios disponían una caballeriza con cuatro animales en una gruta anexa a la principal, por lo que ensillamos dos de esos y salimos al tranco escuchando cómo retumbaban los cascos en los túneles… Marchamos encolumnados por los angostos pasadizos que no permitían cabalgar a la par… Un sistema de defensa ideal…

El primer tramo era una sucesión de pequeñas grutas anexas a la primera: caballeriza, porqueriza, galpón y taller, tambo y gansos que preanunciaban nuestro paso…  De tanto en tanto se abría algún mirador hacia el exterior que, desde afuera no se distinguía, camuflado entre las sombras de las piedras… Otras veces, el espacio se volvía a abrir en una gruta de alrededor de una hectárea con mucha pastura y algún rebaño o un equino pastando mansamente y la consabida vigilancia de los gansos… En algunos tramos, los pasillos se bifurcaban y cada vez que aparecía una curva tenía siempre la cruz templaria tallada en el piso para no perder la orientación (aunque yo me hubiera perdido igual,  en semejante laberinto)…

  • Seguro que después de nueve años conocés estos pasadizos como la palma de tu mano, pero cuando estabas recién llegado imagino que te perderías…

  • Siempre llevo un mapa -dijo buscando un trozo de badana que me alcanzó…

Me detuve sorprendido  (como ya se me estaba haciendo hábito): 

  • ¡Yo ya he visto este dibujo!...(carcajada de Horace)… ¡En la casa de piedra, las pinturas rupestres!

  • Esas fueron las machis que encontraron nuestros pasadizos y los pintaron allí pero nunca han relevado nuestro secreto…

  • ¿Esto es Trapalanda?

  • ¡No, amigo! –dijo y soltó su carcajada estridente- Trapalanda es el lugar donde has pasado tus últimos cuatro años…

29. APOLOGÍA DE TRAPALANDA

Volví a responder con mi silencio y mi cara de asombro porque no podía creer que había tenido el privilegio de habitar ese lugar mítico que tantos han buscado…

  • Sí, me imagino que esperabas algo mejor, pero no, ¡oh, Gran Khan! –decía entre carcajadas y en tono irónico-, Trapalanda no figura en ningún atlas ni en la imaginación de Marco Polo: el viajero que se aventura por esta tierra indómita y misteriosa no verá, vadeando el río, las puertas de alabastro transparente de Moriana, ni los palacios de filigrana de Olivia, ni el palacio de metal con una esfera de vidrio en cada aposento como en Fedora, ni cúpulas doradas como en Diomira, ni escaleras de caracol como en Isidora, o torres de aluminio como en Dorotea … 

Los viajeros que llegan a Trapalanda dicen que sólo ven un desierto porque sería peligroso para la civilización y sus nefastos planes de orden y progreso que unos  indios semidesnudos fuesen capaces de organizarse y vivir dignamente… 

No es que Trapalanda no exista, amigo mío, es algo mucho peor que eso: es que no se quiere que exista; no es que no se pueda ver: es que se quiere invisibilizar, es que, a la cultura occidental no le conviene que algo así sea posible, por eso intentará siempre borrarla de la Historia, arrasar esta memoria por todos los medios posibles y reemplazarla por otra que se pueda escribir con palabras europeas para grabarla a fuerza de reiteración y sangre en las nuevas generaciones hasta convencerlas de que es la única aceptable… 

Arrasarla con rituales monótonos y rutinarios que borren cualquier posibilidad de una espiritualidad espontánea, con medidas del tiempo, el peso y las distancias que dejen muy claras sus deudas y sus remotas posibilidades de pagar en cuotas diarias produciendo para otros; con asentamientos urbanos que no permitan escuchar a las calandrias y oler la jarilla en flor, que oculte el pecho blanco esperanzador del ñanco… Y hasta se ocultará su existencia con placebos como las supuestas ciudades del los Césares,  que siempre pongan el acento en las hermosas personas blancas que la habitan y el oro que las recubre, porque es más fácil que el vulgo sueñe con esas imágenes antes que con gente común, humilde, morena, que no tiene más riqueza que la necesaria para vivir día a día  compartiendo esfuerzos y logros con sus pares  … 

Urbes en las que la dependencia no sea comunitaria sino de personajes que compiten por tener más y más, y de trámites lejanos y anónimos que convierten a la persona en sólo un número…

Esta Trapalanda real no puede admitirse porque, de existir, no habría excusas para borrar a sus habitantes de la faz de la tierra y arrebatársela…

Se quedó como agotado por la contundencia irremediable de su propio discurso por un par de minutos hasta que reaccionó:

  • Pero Horace de Valois hará todo lo que esté a su alcance para que esta condena no se cumpla, ¡no, señor!

  • ¿Tu reino será diferente?

  • Tan diferente, amigo mío, que no será un reino, que ya en eso tenemos suficiente con el fracaso de mi compatriota Tuonnens… será una comunidad democrática y yo seré uno más entre tantos… 

Oye, ¡podrías unírteme! –me dijo de pronto-

  • ¿Yo?... Ya te he dicho que no tengo nada más para aportarle a esta gente… Me gusta mucho este lugar, pero estoy convencido de que ya es hora de dejarlo...

No me insistió y pensé que me estaba dando la razón, pero no tardaría en comprobar que estaba equivocado…

30. ¿CAMBIO DE HÁBITO?

Llegamos en silencio a la gruta principal y, después de soltar los animales, nos aprestamos a almorzar… 

  •  ¿Sabes? –me soltó, de repente- he estado pensando una linda alternativa para ti…

Lo miré resignado a una nueva revelación…

  • ¡Debes venir conmigo a Francia!

  • ¿Ir contigo?... ¿cómo?, yo no soy Templario…

  • Podrías ocupar el lugar de Genelét… -dijo con una sonrisa pícara-…

  • ¡Pero me descubrirán!... 

  •  ¡¡¿Quién?!! El pobre no tenía parientes, y, después de casi treinta años y debajo de una buena barba, cualquiera puede ser Genelét Lorent… ¡Piénsalo amigo! –dijo zamarreándome el hombro para animarme-, al llegar a Europa el Temple te recompensará generosamente tantos años de servicio con los cuales podrías pasar una vida sin privaciones o, mejor aún, regresar conmigo y otros colonos para sumarnos a Trapalanda…

Lo escuché en silencio, masticando el almuerzo y su propuesta lentamente para poder digerirlas… El Templario respetó ese silencio y, después del almuerzo se retiró a la capilla ubicada en uno de los tantos recovecos de la gruta…

Me asomé con sigilo al exterior y alcancé a ver a Aihuín que cabalgaba lentamente por el cañadón; seguramente, mi ausencia prolongada y el regreso del caballo lo había intranquilizado y me andaba buscando… bajé con cuidado de que no me detectara  y, recién cuando estuve a nivel del valle lo llamé…

  • ¡Qinchehuinca! –me grito al verme y su cara se iluminó. Galopó hasta mí y cuando estuvo a mi lado, me tendió la mano desde el caballo para saludarme como si hiciera mucho tiempo que no nos veíamos.

Le conté de mi hallazgo y me escuchó sin sorprenderse, esbozando una leve sonrisa de sabio que conocía el pasado y el futuro.

  • Espero que vuelvas pronto con huincas amigos, madestro.

  • Pero todavía no sé qué haré, Alhuín…

  • ¡Te vas, che madestro! - sentenció, y volvió a tenderme la mano para despedirse… - ¡Peucallal peñi!

En los días siguientes me dejé entusiasmar mansamente por Horace que no paraba de imaginar  lo que haríamos en Francia.

  • ¡Ya verás, mon ami! En mi país encontraremos cientos de familias labriegas dispuestas a venir y a convivir en paz con esta gente… Los franceses siempre hemos dejado huella en la historia de tu país: Liniers, Pueyrredón, Bouchard, Vernet… Pellegrini que ha dado a tu Nación al primer Presidente hijo de inmigrantes... Si hasta parece que ha venido a vivir a la Argentina el mismísimo... -y se frenó frunciendo el ceño- … Creo que estoy hablando demasiado, amigo, disculpa...

31. LA CONQUISTA DE EUROPA

Las revelaciones escuchadas en la gruta, sumadas a la convicción de que había terminado mi ciclo en el Paso de las Martinetas predispusieron mi ánimo para que aceptara mansamente mi destino de templario. La espera del relevo duró algo más de un mes, tiempo suficiente para pulir detalles de nuestro plan colonizador y echar a volar los sueños…

Tras un par de días a caballo por los pasillos internos de Somuncurá, llegamos a la zona de Sepaucal, donde Horace activó una compuerta de piedra que, al desplazarse, nos permitió salir al exterior. Allí nos encontramos con nuestros relevos con quienes compartimos un par de días como para orientarlos en las noticias y los detalles de la vida en aquel enorme claustro.

Cumplido este trámite, salimos por el pórtico de Sepaucal y cabalgamos en bajada casi constante, buscando la costa marina. Lo primero que divisamos, desde la altura, fueron unos dibujos verdes en la pampa que se extendía adelante: algunos tenían forma geométrica y otros parecían figuras humanas de un solo trazo. Cuando llegamos a la zona comprobé que se trataba de plantaciones de tamariscos que alguien se había tomado el trabajo de plantar artísticamente…

  • Otra travesura del viejo Percival -comentó Horace que ya adivinaba mi asombro y mi curiosidad...

 Luego de unos días llegamos a un promontorio sobre la costa, una enorme terraza que los templarios llamaban “Antiguo Fuerte” y que era justamente aquel, sobre cuya ladera norte, se había erigido Fuerte Argenta, ese caserío que me había dado la bienvenida a toda esta increíble aventura y que, ahora, ve vería partir con la misma incertidumbre sobre el futuro. Estuve tentado de ir a saludar a Urbelinda y al Vasco, pero Horace me convenció de que ese gesto podría delatar mi impostura ya que “el Temple tiene ojos y oídos por todos lados”; debí conformarme con espiar el villorio desde los alto de la meseta… 

Cuando bajó la marea nos permitió aproximarnos al barco que nos esperaba, lo suficiente como para que nos vieran y enviaran un bote para embarcarnos.

El cruce del Atlántico fue un trámite sin detalles para destacar, una vez que me hube acostumbrado a la navegación y cesaron mis descomposturas. 

Horace estaba cada vez más entusiasmado pero yo no dejaba de pensar qué pasaría en Francia cuando me tuviera que presentar ante el Temple.

Pero el destino final de nuestro viaje marino no era Francia: desembarcamos en el puerto de Lisboa (ya que en Portugal, la Orden operaba con bastante libertad). 

Nos presentamos ante el Temple, que funcionaba en un convento en las afueras de la ciudad, donde se nos brindó una recepción honorífica pero, para mi suerte, tan ritualizada que no me vi expuesto a ninguna situación espontánea que pusiera demasiado a prueba los rudimentos de francés que Horace me había enseñado. El conjunto de templarios (unas veinte almas), era de nacionalidades tan variadas que los idiomas se mezclaban en un cocoliche en el que todo era lícito, con tal de entenderse. Y, sobre todo, conté con la suerte de que ninguno de los presentes había conocido personalmente  a Genelét, por lo que jamás se sospechó del fraude.

Fuimos recompensados económicamente por nuestros servicios y licenciados para visitar nuestras familias, por lo que, al segundo día ya estábamos otra vez cabalgando camino  -ahora sí- a Francia…

32. VUELVO A SER YO

Atravesamos poblado tras poblado de Portugal y el norte de España. En la ermita de San Bartolomé de Soria, a orillas del río Lobos, vivía un monje amigo de Horace que nos ofreció alojamiento cómodo un par de noches y nos proveyó de caballos frescos. El edificio estaba enclavado en medio de un valle que me trajo nostalgias de la querida Trapalanda…

Cruzamos los Pirineos y arribamos al sur de Francia. Surcamos el país en diagonal hasta el centro -Este, hasta dar con el límite natural del lago Le Mans y el río Ródano: estábamos en el Cantón de Valois, la tierra de Horace y límite con Suiza.

Allí el ambiente era totalmente familiar y pude volver a ser “maese Duflós”; éramos bienvenidos en las casas del pueblo de Villeneuve, en las aldeas aledañas, en las granjas y, especialmente, en las tabernas, en las que Horace intentaba compensar a su cuerpo por los nueve años de celibato.

Durante todo el periplo por Europa y, más aún en la comarca de Valois, recogíamos adhesiones entusiastas hacia nuestro proyecto de colonia, no obstante, se trataba siempre de gente humilde, que no disponía de los medios económicos suficientes como para financiarse el viaje y los pertrechos mínimos como para comenzar una nueva vida. Es cierto que habían comunidades religiosas dispuestas a autofinanciarse el traslado, a condición de poder practicar libremente sus credos en las nuevas tierras, pero temíamos que esas convicciones les impidieran integrarse fluidamente a la comunidad nativa, como era nuestro sueño.

De vez en cuando, contactábamos a algún empresario o aristócrata con posibilidades de financiar el proyecto, pero nunca terminamos de definir un acuerdo con alguno de ellos, la mayoría de las veces, por la desconfianza y la especulación de éstos, que veían nuestro sueño desde un punto de vista exclusivamente comercial y que insumía una gran inversión por la distancia. Estaba fresco aún en la memoria de muchos el recuerdo del fracaso del Reino de Orélie de Tounens, y eso nos jugaba en contra.

Tampoco faltó alguno más delirante aún que nosotros, como aquel austríaco que, enterado de nuestros planes, vino a visitarnos para convencernos de formar un Estado Judío. Como ya he dicho, expresamos nuestra negativa a propiciar la fundación de una colonia nucleada por convicciones religiosas y el acuerdo no prosperó (dificultado, también, por cuestiones idiomáticas que, a duras penas nos permitían entendernos, y nos quedó la sensación -por el uso indistinto que hacía de las denominaciones- que el hombre confundía Patagonia con Palestina).

La propuesta más seria que llegamos a tener venía de un misterioso benefactor que Horace había contactado y del cual nunca quiso darme demasiados datos “por cuestiones de Estado” -se excusaba-. Creo recordar que Horace lo llamaba Delfín Benoit, y el contacto con él fue siempre por correspondencia o por algún emisario. En una distracción de Horace alcancé a leer que una de sus misivas estaba fechada en Buenos Aires, pero mi socio la ocultó rápidamente y me dijo que ese era un dato falso, para despistar a sus enemigos. Lo cierto es que el acuerdo prosperó a un punto que, un día, Horace anunció con exuberante alegría que nos había conseguido ¡¡¡¡20.000 pasajes!!!!!!!!!. Me hubiera conformado con el 10% de esa cantidad, o, aún, con el 1%, pero, lamentablemente, nunca pudimos disfrutar de esta ayuda porque al poco tiempo no avisaron que Benoit había fallecido…

33. REGRESO SIN GLORIA

Así, entre ilusiones y sus correspondientes decepciones, fueron pasando días, meses, años… Un día el cuerpo de Horace no soportó más la angustia de la espera ni los excesos de las ingestas alcohólicas con las que intentaba aplacarla y cayó tan pesado como una vez lo había hecho Genelét, y con las mismas intenciones de no levantarse nunca más…

No creo poder expresar todo el pesar qué sentí en ese momento en el que me quedé otra vez solo, sin aquel amigo entusiasta que era mi brújula y el motor de nuestros planes de regreso… Me resigné a terminar mis días como un humilde labriego más, en un terruño que, aunque amigable, nunca terminaba de convencerme para adoptarlo como patria… 

Creo que fue el ver esa pesadumbre que me invadía, lo que terminó de convencer a un puñado de familias de la comarca de emigrar a esas tierras desconocidas de las que tanto les habíamos hablado. Juntaron el dinero que pudieron vendiendo lo poco que tenían, y los magros donativos de otros simpatizantes que no quisieron aventurarse a acompañarnos, y salimos en procesión hacia el Oeste, buscando un puerto que nos ponga en la ruta del Atlántico.

Al cabo de unos meses llegamos a Bordeaux y, para entonces, la comitiva superaba el centenar de adeptos con los que se habían ido sumando por el camino (inclusive, en la mismísima ciudad de Bordeaux, se nos agregó un Conde, con su familia que, aparentemente, escapaba por problemas políticos).

El único barco que pudimos pagar nos llevó al puerto chileno de  Valparaíso. Una vez desembarcados compramos algunos carros, bueyes y caballos y pusimos rumbo al sur. Pudimos adentrarnos más allá del Bío Bío porque el ejército chileno ya había logrado doblegar a los indómitos mapuches y la araucanía se empezaba a poblar de pequeñas aldeas de inmigrantes. 

El grupo se diezmó bastante porque varios integrantes encontraron conocidos y hasta familiares que los convencieron de quedarse de ese lado de la cordillera. Especialmente, la aldea de Victoria fue la que nos produjo más bajas.

Al fin, un poco más al sur, atravesamos la cordillera por el Paso Tromen. 

Acostumbramos a medir el tiempo en segundos, minutos, horas, días, meses, años… ¿Cuánto hacía que había dejado mi tierra natal?... Tal vez cinco o diez años, o más… Para mi no servía esa forma de medición: había muerto y renacido varias veces y empezaba a medir el tiempo en vidas… Sentí que no era el mismo el que volvía… Y temí que tampoco sería el mismo lugar el que había dejado…

34. LA CIUDAD INVISIBLE

Seguimos avanzando al Sur siempre pegados a la cordillera, y así atravesamos Neuquén, Rio Negro y, por fin, Chubut. Los valles cordilleranos seguían tentando a los inmigrantes porque les evocaban los alpes de la tierra natal. 

A la altura de El Maitén dimos con el río y, de la mano del viejo Chupat nos internamos en diagonal al centro de la Provincia. El río nos guiaba manso y seguro, dando volteretas a un lado y otro (como un perro contento que ha encontrado un amo), respetando el paso cansino de  campesinos hartos de milenios de guerras que marchaban a un destino incierto pero propio.

Yo marchaba al frente, ansioso por encontrar alguna tribu que me diera noticias del Paso de las Martinetas, pero me sobraban los dedos de una mano para contar los pocos toldos que cruzamos. Desde ninguno de ellos salió algún centauro altivo a indagarnos por qué estábamos en su territorio, como hubiera ocurrido en otro tiempo: estaban habitados por indios o indias viejos y esquivos que a veces ni un caballo decente tenía… Era evidente que, de este lado de la cordillera, también habían hecho su efecto fatal el Rémington y el aguardiente de los huincas…Se había vaciado el espacio para que pareciese un desierto como temía mi querido Horace… Las mejores tierras iban quedando en manos de terratenientes que pagaban mejor a los cazadores de pumas y de indios que a sus peones… Y el temor a la bravura de los antiguos dueños de la tierra se había trasladado a algunas bandas de forajidos extranjeros que acechaban las majadas y los bancos…

Los colonos, en cambio, iban con mucho temor de ser atacados por los nativos. Un día, uno de ellos me fundamentó sus temores en el relato de un compatriota suyo de apellido Guinnard, que había vivido cautivo de los indios pampas unas décadas antes; incluso me prestó una copia de sus memorias… Después de leerlas pude mostrarle el otro lado de la verdad intrínseco en el texto: Guinnard y un amigo italiano intentaban atravesar la Patagonia Norte a pie, desde Patagones para llegar a Rosario. Después de varios días de caminata se encontraron con una tribu contra la que abrieron fuego, hiriendo a uno de los indios y recibiendo como respuesta el ataque, de cuyo resultado, su compañero falleció y él fue herido y tomado prisionero.  Estaba claro que los europeos habían atacado primero y que los nativos no se comportaron como los asesinos que el autor suponía (de lo contrario, tampoco hubiera sobrevivido)...

Las familias terminaron -sanas y salvas-  por diseminarse entre Gualjaina y Rincón de los Leones (que, pronto, se llamaría Paso del Sapo, en honor al balsero del lugar), como semillas de esperanza que se esparce en la tierra extensa para  que el río germinara, por fin, sus sueños, sin señores feudales ni derechos de pernada. Uno de ellos ya soñaba en instalar un cable carril desde la Piedra Parada hasta la barda de enfrente para cruzar el río…

Yo seguí la huella cantarina del río con ansias de ver pronto asomando en el horizonte la cresta imponente del Yastéc… Lentamente la punta oscura de la cúspide del cerro (que los franceses llamarían nostálgicamente “Gorro Frigio”) empezó a asomarse para verme regresar… No apareció ningún ñanco a mostrarme su pecho blanco de buen augurio, por el contrario, varias liebres europeas bajaban alegres a deleitarse con las hierbas tiernas de la costa...

Cuando el valle del Paso de las Martinetas se abrió por entero ante mí, me extrañó no ver los humos de la comarca, o el ladrido de algún perro… Llegué a la casa de Meliñanco, como lo había hecho una vida atrás, pero no tuve bienvenida, ni siquiera de los gorriones que empezaban a usurpar los aleros decadentes de la tapera desplazando a los chingolos y ratoneras que, otrora, eran los dueños del lugar…

35. LO QUE QUEDA

Seguí “hacia abajo” (según la dirección del río), repitiendo mi trayectoria  de maestro recién llegado, hasta la casa de Curiñanco, donde funcionara la escuela… Tampoco se veía nada allí, más que la tierra reseca que se empezaba a acumular en los rincones sepultando lentamente lo que resistía en pie… 

Lo único que rompía esa armonía sepulcral era una sola huella contínua que salía de la escuela hacia el río… No era la huella de un animal, sino de algo que se transportaba sobre un cuero o un trapo… Decidí ver de qué se trataba y fui tras los surcos misteriosos… A medida que me acercaba al río, un bulto empezó a distinguirse a la sombra de los sauces… Una especie de cono que trajo a mi memoria a Yamahuk, aquella piedra venerada como “la vieja”, en lo profundo de Somuncura… Cuando estuve a unos pasos comprobé que no estaba tan errado: se trataba de un ser humano sentado que contemplaba el río envuelto en un quillango…

-¡Mari mari, peñí madestro! ¡Ta cuifí!- dijo cuando aún me tenía de espaldas con una voz lastimera que se esforzaba por ser entusiasta… Una voz que, aunque agotada, como cansada de esperarme, creí reconocer…

- ¿Aihuín?...- pregunté mientras llegaba a su lado y empezaba a reconocer entre el polvo, el hollín y las arrugas a mi antiguo amigo y compañero… 

Me hinqué a su lado porque comprendí que no podía ponerse de pie, me miré en sus ojos cada vez más pequeños y apagados y  yo también sentí el frío del desamparo… Lo abracé y lloré en silencio… Supongo que él también habrá llorado aunque dudo que le quedaran lágrimas…

Cuando logré reponerme, me senté a su lado y empezó a contarme la tragedia con frases cortas y pausadas que le dolían y le hacían sangrar el alma…

La comarca había sido detectada por el ejército a mando de un tal Roa (o Roca, o Rico… da igual)... Algunos jóvenes lograron escapar pero la mayoría fueron arreados juntos con los sobrevivientes de Apeleg rumbo al campo de concentración de Valcheta… Aunque también arrearon sus animales, no les permitieron viajar montados: debieron hacer  a pie la travesía… Cuando alguno, como el propio Aihuín, se resistía a seguir (más por rebelión que por agotamiento), los soldados les cortaban ambos tendones de aquiles para que no pudieran ir a ningún otro lado y muriesen allí… Sin embargo, mi querido quinché logró salvarse gracias a que fue encontrado por el turco Anatolio Nabat, quien lo trajo de nuevo hasta acá y, de vez en cuando le arrimaba algunos “vicios” para que no muriera de hambre… 

Así, el otrora altivo centauro patagónico, había sido condenado a terminar sus días arrastrándose de rodillas… Y no fue mucho mejor el destino de quienes llegaron a Patagones y, de allí, distribuidos como sirvientes de las familias acomodadas de Buenos Aires o de los obrajes norteños, de prostíbulos o como espectáculo de atracción en alguna feria europea o en algún museo…

36. MORIR ENSEÑANDO

Entendí que lo único que podía hacer en  memoria de aquella gente que supo adoptarme como hijo era cuidar de su hombre sabio, así fue que me puse a acondicionar el lugar lo mejor posible para volver a vivir ambos allí… Pudimos recuperar algunas semillas como para cultivar  verduras y, de vez en cuando lograba cazar algún animal para asar, o algún colono me daba alguna changa que cambiaba por “vicios”…

Un día los colonos, enterados de mi antiguo oficio de maestro, me dijeron que querían poner una escuela cerca de Paso del Sapo y que me necesitaban como tal… No me pareció mala la idea, especialmente, considerando que podría contar con un aporte mensual magro pero seguro y suficiente para mantener las vidas austeras que llevábamos con mi compañero…

Escribí una carta al Consejo de Educación  relatando todo mi periplo docente anterior y el viaje a Europa para traer colonos (sólo oculté  todo lo referido al contacto con los Templarios para que no dudaran de mi sano juicio)... Y  parece que la honestidad de mis palabras fue bien recibida porque, al cabo de unos meses, llegó mi nombramiento…

La escuelita empezó a funcionar a dos leguas abajo de Paso del Sapo y del lado norte del río, en un galpón que hizo el vecino Lobos y que incluía, además del un aula amplia, una cocinita y una pequeña pieza  en la que nos acomodamos con Aihuín. A poco de empezar las clases detectamos que había muchos niños que debían viajar diariamente muchas leguas y otros que directamente, no venían por la enorme distancia, entonces los colonos resolvieron construir también un amplio salón que fue usado como dormitorio para los alumnos que quisieran pasar la semana de clases ahí, sin volver a sus casas… Más de una vez, al ver esos rostros infantiles entristecidos por la separación de la familia, dudé si la alfabetización justificaba el desarraigo… Trabajé sin el mismo entusiasmo que había puesto en el Paso de las Martinetas pero con toda responsabilidad y con la experiencia de inventar recursos donde no los había…

37. EL YASTÉC NO SE TOCA

De vez en cuando ayudaba a Aihuín a montar y volvíamos al Paso de las Martinetas  para que el río lave los recuerdos, o los aromas de los yuyos  del Yastéc curaran las heridas… Sin acordarlo expresamente, evitamos siempre internarnos en el cañadón  de los Templarios, nunca hablamos del tema ni escuché alguna noticia de la Orden… Al punto que a veces dudo acerca de si fue real mi experiencia o sólo un sueño…

En una de esas incursiones por nuestra antigua querencia encontramos una gran tropa de carros que empezaba a levantar una construcción cerca del Yastéc… Nos arrimamos para enterarnos de qué se trataba y alguien, que parecía ser el capataz, nos dijo brevemente que el dueño había vendido ese lote a una empresa minera extranjera que estaba decidida a extraer las riquezas de las entrañas del cerro y de toda la zona circundante.

Volvimos al tranco pensativos e incómodos por la noticia, imaginando a nuestro mítico cerro tan destripado y expoliado como el Potosí… Hasta que Aihuín rompió el silencio:

  • Ya nos robaron nag mapu - señalando el horizonte-... Ahora se van a llevar minche mapu -y señaló hacia abajo-... Un día van a alambrar el wenu mapu -agregó señalando al cielo- ¿Qué nos van a dejar peñi?...

Yo sentía que la bronca me crecía adentro y, cuando regresamos redacté una carta a los Tribunales de la Nación para dar cuenta de la maniobra ilegal que se estaba produciendo. El “dueño” del campo era uno de los colaboradores de la Conquista que había recibido, como tantos, una enorme porción de tierra como recompensa por sus aportes. Pero la Ley establecía que estas tierras se adjudicaban con fines de explotación agropecuaria directa, no para especular financieramente con ellas.

Al cabo de unos meses llegó la respuesta dando la razón a mis argumentos, agradeciendo mi celo en defensa de los intereses de la Nación e informando que ya había sido instruido el desalojo de la empresa minera.

Aproveché la carta para leerla  a los niños y hablarles del funcionamiento de las instituciones, de la importancia de la Ley y de velar por su cumplimiento.

Con Aihuín estamos eufóricos con la noticia y este fin de semana iremos hasta el Yastéc, a verificar que se cumpla el desalojo. El turco Anatolio Nabat nos visitó hace unos días y, enterado de mi gestión para evitar la maniobra minera, me advirtió que tuviese cuidado con esa gente, pero yo he elegido varias veces qué vida vivir y, tal vez sea tiempo de elegir una muerte que valga la pena…

EPÍLOGO

A mediados de 2012, un grupo de obreros que trabajaba en la construcción del puente “Evaristo Fernandez” encontró una tumba improvisada en el faldeo del cerro Gorro Frigio. La tumba estaba semidestruida por un cauce de agua tras una tormenta, lo que obligó a la exhumación de los restos humanos sepultados.  

La exhumación dio cuenta del hallazgo de, no uno, sino, dos cadáveres, ambos de sexo masculino. Pudo establecerse que uno de los cadáveres pertenecía a un anciano y el otro, a un hombre de mediana edad. El cráneo de la persona más joven estaba parcialmente destruido por lo que parece haber sido un impacto de bala que ingresó por el maxilar derecho y salió en la base posterior de la cabeza.  

No se encontraron documentos entre las pertenencias aunque sí, un diario manuscrito que permite suponer que se trataba del maestro Vicente Duflós y de su ayudante Aihuín Quinché. Estas personas habrían desaparecido misteriosamente en el siglo pasado, luego de denunciar una explotación minera ilícita que se estaba asentando en la zona. Vivieron un tiempo en el que la historia aún no se escribía, sólo se vivía hasta que otro le ponía punto final… Y, entonces, sólo se moría, sin ninguna pretensión de una lápida que lo recuerde...

FIN

Comentarios

  1. LEYENDO, MI MENTE VIAJÓ HACIA ESA AVENTURA QUE VIVÍ HACE MÁS DE 30 AÑOS PARTIENDO DE BUENOS AIRES A ESQUEL Y DESDE ALLÍ A PASO DEL SAPO. GRACIAS ARTURO POR ESTA BELLA PÁGINA. ABRAZO

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  2. toda la novela tiene muchos de esos recuerdos de la infancia: a mi me remonta a los viajes de Roca a Paso del sapo, con escala en Jacobacci: espero que sigas leyendo lo que sigue

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